La masacre de las Fosas Ardeatinas

Fosas Ardeatinas

En la primavera de 1944 la ciudad de Roma y sus habitantes vivían pendientes de su próxima liberación por parte de las tropas aliadas que se encontraban atrapadas, por una parte en Cassino y por otra en Anzio, donde habían desembarcado el 22 de enero.

Ante la aproximación de las fuerzas enemigas, los nazis oprimían aún más a los ciudadanos italianos con un racionamiento más duro, toque de queda riguroso y registros domiciliarios continuos en busca de partisanos y judíos. La población vivía con terror la presencia alemana.

El 23 de marzo un grupo partisano el Comitato di Liberazione Nacional (CLN), organiza un atentado contra las tropas de ocupación, el lugar elegido es Vía Rasella. Una bomba, colocada en un cubo de basura, hará explosión a las 15:30 horas al paso de una columna de reservistas alemanes cuya labor era la de vigilancia de los edificios oficiales. En el atentado mueren 33 agentes y hay más de 50 heridos.

La respuesta no se hace esperar, Albert Kesselring, Comandante en Jefe con mando nominal de las fuerzas armadas alemanas en Italia envía un cable a Adolf Hitler para solicitar una represalia, el führer la aprueba y deja que sea Mackensen, comandante del XIV Ejército, el que decida la magnitud de esta.

Eberhard von Mackensen, rabioso por el repliegue que le estaban obligando a realizar en Italia las tropas aliadas, decide dar una lección a los partisanos con el fin de que en su próxima retirada hacia Alemania se lo pensaran antes de atentar contra sus soldados.

La orden fue: 10 italianos por cada soldado alemán muerto, en total 330. La ejecución debía ser llevada a cabo por la SS en Roma capitaneadas por Herbert Kappler, que se encargó de hacer la lista con los presos que se encontraban en la prisión de la Gestapo en Vía Tasso y la cárcel civil de Regina Coeli, en todo momento ayudado por su hombre de confianza el teniente Frich Priebke, ambos pusieron especial empeño en que figuraran buen número de judíos.

En menos de 24 horas 335 personas, aunque el número dictado había sido inferior se llevaron a cinco prisioneros más, fueron metidos en camiones militares y trasladados hasta una mina abandonada en las afueras de Roma, las llamadas Fosas Ardeatinas.

Los prisioneros eran introducidos en la cueva de cinco en cinco y ejecutados con un tiro en la nuca después de ponerlos de rodillas delante del pelotón. Los soldados alemanes estaban bajo la amenaza de que aquel que se negara a disparar pasaría a engrosar la lista de ejecutados y para dar ejemplo el mismo Kappler disparó contra uno de los detenidos delante de sus hombres.

Tras la masacre la entrada a la mina fue sellada por los dinamiteros, poco más de dos meses después Roma fue liberada por los aliados.

Imagen: Aurora

Publicado en: Edad Contemporanea

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1 comentario

  1. J. Luis López de Guereñu Polán dice:

    En relación a este asunto existe una gran controversia sobre la actitud del papa Pío XII ante el fascismo italiano pero sobre todo ante el nazismo. Blet señala que si el papa no condenó al nazismo es porque temía represalias para los católicos y para los judíos en Alemania (ciertamente los judíos no se salvaron ni así). Cornwell, en cambio, que ha estudiado esto con fuentes casi incontestables, opina que el papa conocía perfectamente la situación y prefirió la prudencia que le dictaba el conocer perfectamente Alemania, incluso ser él mismo proalemán (lo que no quiere decir pronazi) sobre todo después de haber sido nuncio en Baviera. Los datos manejados por Chandwick, a partir de la documentación que facilita la Public Record Office y la francesa Quai d’Orsay, revelan una actitud por parte del papa muy conservadora, poco comprometida y temerosa de que una condena del nazismo favoreciese indirectamente al régimen comunista de Stalin. Roma gozaba de inmunidad diplomática cuando la masacre de las fosas Ardeatinas: tampoco el Vaticano reaccionó como hoy entenderíamos debió hacerlo. De lo que no cabe duda, porque está ampliamente documentado, es que el Vaticano realizó muchas misiones de auxlio a judíos para que no sufrieran persecución por parte de los nazis, pero nunca mediante pronunciamientos públicos.

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