El motín de Esquilache

motin de Esquilache

El motín de Esquilache presenta aristas diversas que lo hacen interesante objeto de análisis histórico:

(A). Sus causas declaradas o supuestas, que van de lo aparentemente banal (¿cuestión de moda?) a lo perentorio (el hambre). (B). Sus protagonistas, ya agentes activos (el pueblo llano), ya en la sombra (¿nobleza, clero?). Y, en definitiva, (C). tanto sus resultados inmediatos (destierro de Esquilache) como sus consecuencias a medio plazo (expulsión de los jesuitas).

Todo ello coadyuva para que nos mantengamos en guardia, intentando no caer en simplificaciones absurdas. El breve relato de los acontecimientos dice así:

Esquilache, al que el pueblo tenía por extranjero advenedizo y que estaba en el punto de mira de los privilegiados (curiosa coincidencia, ¿no?), y del que por cierto tampoco cabe hacer hagiografía al uso, que lo santifique y loe con todas las virtudes habidas o por haber, fue nombrado secretario de Hacienda en 1763.

Sus poderes reales, sin embargo, eran mayores. Durante los años siguientes mostró una actividad legislativa excesiva, a ojos de los legislados. Algunas medidas habían afectado a los intocables (nobleza y clero), de lo cual no podía seguirse nada bueno para quien quisiese no sólo medrar, sino también permanecer en la Corte española.

Sin embargo, la espoleta de la pequeña revolución en el Madrid de 1766 parece nimia: las (numerosas) disposiciones con las que el gobierno prohibía el uso de capas largas y sombreros redondos de ala ancha. Aquí el lector moderno acaso parpadee. ¿Cómo es eso? ¿Es que Esquilache, que al cabo era italiano, quería vestir a los españolitos de la época con Dolce e Gabbana?

Bueno, se argumentaba de otra manera. Algo así como que la resultante de las capas y los sombreros era el embozado, figura evocadora y llena de fuerza dramática, pero que acaso escondiese un ladronzuelo o algo peor. A partir del 10 de marzo de 1766 los sastres, acompañados del alguacil de turno, se ponían, ¡en plena calle!, a dar tijeretazos a diestro y siniestro, cumpliendo la normativa.

Los madrileños, claro, pensaron que ya estaba bien de que un pijo italiano les tocase las narices. Los historiadores han considerado, empero, que en el fondo la causa eficiente fue otra más, digamos, básica: la escasez y el encarecimiento de pan. Y que, en suma, Esquilache había demostrado poco tacto, irritando a la población por una tontería cuando pasaba hambre.

La sublevación se inició el 23 de marzo. Diversos grupos de embozados se enfrentaron a las tropas, haciéndolas recular. Luego la insurrección se generalizó: se piensa que cerca de 30.000 personas salieron a la calle, lo cual es un número enorme para la época. La casa de Esquilache fue saqueada (también la de otros “extranjeros”, como Grimaldi). La masa embravecida se acercó al palacio real, gritando “¡Viva el Rey, muera Esquilache!”, donde se enfrentaron a la guardia valona.

Las condiciones de los sublevados eran, entre otras: el destierro de Esquilache, retirada de la guardia valona, anulación de las disposiciones sobre el traje y los sombreros, rebaja del pan y supresión de la junta de abastos. El rey, Carlos III, transigió (aunque después derogó parte de los acurdos) desde un balcón, tras lo cual, por precaución, se traslado a Aranjuez. El pueblo, sin embargo, no vio en aquella huida ninguna traición. El motín, por cierto, tuvo réplicas en toda la península.

La cuestión a la que se enfrenta el historiador actual es: ¿fue el motín algo espontáneo? Hay motivos para dudarlo. El propio rey y sus consejeros lo debían considerar así ya que, calmadas las aguas, decidieron actuar contra personajes muy influyentes y poderosos de la época. La culminación de tales medidas ocurrió apenas un año más tarde cuando se acusó a los jesuitas de alentar la revuelta y se decretó su expulsión.

Para finalizar, una reflexión personal que acaso provoque polvareda. El pueblo español ha dado numerosas muestras de valor y audacia a lo largo de los tiempos. Pero también de un encanallamiento íntimo que, no hace tanto, parecía serle esencial. Nos referimos a su constante asunción de las más onerosas servidumbres siempre que fuesen propias, autóctonas. Cómo si no entender, ay, la reacción popular ante la llegada de Fernando VII a Valencia en 1814, o los estremecedores gritos de ¡Viva mi dueño! y ¡Vivan las cadenas!

Publicado en: Edad Moderna, Historia de España

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