El Congreso de Viena y los Cien Mil Hijos de San Luis

El congreso de Viena, celebrado entre octubre de 1814 y junio de 1815, se proponía restablecer las fronteras políticas de la Europa prerrevolucionaria. Asistieron cerca de noventa soberanos con corona y más de medio centenar de representantes de otros príncipes desposeídos. Como si entre 1789 y 1814 no hubiese ocurrido nada en Europa, como si el mismo Napoleón (ante el cual muchos de los presentes en el congreso se habían arrodillado, algunos incluso literalmente) no hubiese sido sino un mal sueño, los grandes señores se paseaban ataviados con las insignias y las condecoraciones de cada casa, haciéndose acompañar de grandes séquitos de criados, sirvientes, esposas, amantes.

Quien se hubiese retirado de la escena continental en 1808 no daría crédito a lo que veían sus ojos. Ese año, Napoleón reunía en Erfurt a todos los reyes aliados. Muchos de los monarcas acudían a besar la mano del gran corso porque no les queda más remedio, claro. Aunque también los había convencidos de la causa napoleónica y otros, como el zar Alejandro, todavía jóvenes y románticos, fascinados con el emperador francés y dispuestos a transigir con la idea de dotar a los estados con constituciones liberales.

En el congreso de Viena, tras la caída de Napoleón, si el oropel lo ponían las familias reales, la inteligencia la pusieron básicamente los dos plenipotenciarios de las monarquías de Austria y de Francia (restaurada en la persona de Luis XVIII, hermano del decapitado Luis XVI): Metternich y Talleyrand. Sobre todo el primero, por algo se ha llamado a la época que comenzaba la Europa de Metternich, cuyas tesis se ejemplifican bien en frases como «la idea misma de la emancipación de los pueblos es un absurdo».

Un resultado colateral del congreso fue la Santa Alianza, formada por Rusia, Austria y Prusia, y a la que se adhirió Luis XVIII por deferencia al zar. El mismo zar había redactado el documento fundacional, con el que se quería preservar la paz europea así como un gobierno mundial de sólidas raíces cristianas, apenas sin importar que el emperador de Austria fuese católico, el rey de Prusia protestante y el propio zar ortodoxo de la Iglesia griega.

Así pues, el joven zar había pasado de congeniar con Napoleón a abrazar la causa del absolutismo. España fue desgraciadamente la primera en sufrir esta nueva política paneuropea de los monarcas. Durante la guerra de la Independencia las Cortes de Cádiz habían redactado una Constitución liberal.

En el exilio francés, Fernando VII no tenía empacho en postrarse ante Napoleón, que lo despreciaba, conspirando contra su padre Carlos IV para garantizarse el trono. Cuando desembarca en Valencia, sin embargo, el pueblo español que esperaba a su deseado rey será el protagonista de una de las escenas más vergonzantes y penosas de todas las historias de todas las infamias (merece ser contada en otra ocasión).

Fernando VII disuelve las Cortes y se declara culpable so pena de muerte a quien defendiese la Constitución. Aquel rey, dicho sin ánimo de enfadar a ningún partido monárquico, era un anacronismo, además de desleal, traidor y cobarde. Bastó el pronunciamiento de Riego en 1820 para que el rey no dudase en jurar la Constitución y proclamarse su más ardiente defensor.

Entonces la Santa Alianza, y en concreto el zar, exigió a Francia el cumplimiento del contrato. Francia no tenía muchas ganas, pero tuvo que cumplir. El ejército de Luis XVIII, los Cien Mil Hijos de san Luis, penetraron en España y llegaron hasta Cádiz, refugio de los constitucionalistas. El sitio duró tres meses, pero, una vez recuperado el trono para Fernado VII, la represión se extendió por toda España, la cual volvió a desengancharse de la locomotora de los tiempos.

Tardaría cien años en recuperarse, gracias paradójicamente a otra catátrofe: Cuba.

Publicado en: Edad Contemporanea, Historia de España

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