Moctezuma y Hernán Cortés

 Moctezuma y Cortes

Uno de los sucesos más extraordinarios (o quizá sería mejor decir: una de las catástrofes ecológicas más incomprensibles) de la historia es la rapidez con la que los españoles conquistaron las Indias. Cortés desembarcó frente a las costas de Veracruz en la primavera de 1519 al mando de unos 550 hombres. Dos años después, la conquista de México estaba encarrilada. Más espectacular, si cabe, fue el caso de Pizarro años más tarde. Él y sus 168 soldados significaron el principio del fin de la cultura inca.

La capital del imperio azteca era Tenochtitlán, situada sobre una isla del lago Texcoco y que se mantenía unida a tierra firme mediante varios corredores. Tenochtitlán, cuyo impresionante centro administrativo y religioso se debía en su mayoría a las obras ordenadas por el primer Moctezuma (bisabuelo del que recibió a Cortés), dominaba el valle de México junto a otras dos ciudades del entorno del lago (Texcoco y Tlacopán), con las que formaba la confederación de la Triple Alianza.

Moctezuma II el Joven, la figura trágica a la que le cupo la suerte o la desgracia de protagonizar el encuentro entre dos mundos (desde el bando perdedor), fue elegido noveno tlatoani o rey de Tenochtitlán en 1502, no sin tener que competir con numerosos candidatos todos ellos tan legítimos como él. Sin duda, en la elección se tuvo en cuenta su fuerte personalidad, su espíritu religioso no menos que su ímpetu guerrero y, en general, la sabiduría que hasta ese momento había hecho gala tanto en campañas militares como en asuntos de gobierno.

Por eso chocan tanto sus indecisiones cuando los españoles llegan a México. Aunque, en realidad, apenas sepamos demasiado del emperador azteca, los cronistas lo han solido tachar, en el momento crucial de enfrentarse a Cortés, de débil y asustadizo. Pero lo cierto es que, hasta 1519, Moctezuma tiene que enfrentarse reiteradamente a conatos de rebelión, enfrascado en una interminable expansión militar del imperio.

Ahí radica la clave del posterior desmoranamiento y de la poca resistencia azteca ante la conquista española. Muchos pueblos indígenas sometidos no reconocían la autoridad de Tenochtitlán y representaron para Cortés una ayuda inestimable. Además, el reinado de Moctezuma, por lo que sabemos, no fue especialmente fácil, marcado, más allá de las campañas y acciones bélicas, por extraños sucesos que fueron interpretados como presagios funestos por algunos astrólogos (terribles sequías, cometas, eclipses…).

Todo ello debió causar onda impresión en el piadoso espíritu de Moctezuma. Cuando llegaron a su corte las primeras noticias de los extrañas gentes desembarcadas a cientos de kilómetros, el emperador mandó espías, quienes, como rudimentarios paparazzi, dibujaron y describieron lo que habían visto. Los sabios aztecas no supieron decir a qué se enfrentaban, y Moctezuma creyó que se trataba de una expedición enviada por el dios Quetzalcoalt.

Eso decidió su destino y el de su pueblo. A pesar de la disparidad tecnológica entre ambas culturas y que la posesión española de armas de fuego les daba una clara ventaja estratégica, no es menos cierto que los recién llegados representaban una fuerza militar escasa que sólo posteriormente sabría manipular con inteligencia los viscerales odios contra los azecas del resto de indígenas.

El final de la historia es muy triste. El 8 de noviembre de 1519 se produjo un encuentro por cuyo testimonio cualquier historiador vendería su alma al diablo: españoles y aztecas, Cortés frente a Moctezuma en la fabulosa Tenochtitlán. Pero las cosas se torcieron pronto. Hospedado en un palacio de la ciudad y temiendo acaso por su vida, Cortés secuestró al emperador quien, sólo unos meses después, moriría en circunstancias no del todo esclarecidas. ¿Una pedrada de los suyos o la mano de los españoles?

Fuente vía: wlu.edu  

Publicado en: Edad Moderna, Historia de América

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6 comentarios

  1. VICTOR dice:

    Yo hace poco leí «Hernán Cortés, Crónica de un imposible» de José Luis Olaizola.
    Me pareció bastante ameno, y aunque describe más desde un «bando» español (el de Cortés), creo que ni endiosa a unos ni afea a otros, y deja ver lo que les pudo pasar por la cabeza…

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