El Príncipe de Maquiavelo

Nicolas Maquiavelo

Los retratos que poseemos del florentino Niccolò Machiavelli, Nicolás Maquiavelo, nos muestran a un hombre con cara de niño, imberbe, ojos a la vez pícaros y dulces, nariz respingona y sonrisa de Gioconda si no fuera por las marcadas comisuras. ¿De verdad se creyó alguien que esta figura correspondía a un siervo del Anticristo?… Maquiavelo (1469-1527) no se entiende sin su Italia. Lo paradójico del caso es que cuando vivía el florentino, Italia como tal no existía, faltaban tres siglos largos para la constitución de facto y de derecho del estado italiano, proceso largo y laborioso que Maquiavelo deseó con todo su corazón.

Maquiavelo en Florencia

Maquiavelo era un personaje público, importante pero no central, que asumió tareas de gobierno y administración cuando el partido republicano se hizo con el mando de Florencia. Estamos a finales del siglo XV, época de grandes transformaciones políticas con la formación de las monarquías centralizadoras, aunque no en una Italia que padecía las consecuencias de su atomización en pequeños estados.

Tras la caída de la República y el regreso de los Médicis al gobierno de Florencia, Maquiavelo es capturado y acusado de conspirar contra el nuevo gobierno. Después de conocer la cárcel y la tortura es desterrado. Corre el año de 1513 y dos hitos marcan la producción ensayística de Maquiavelo: empieza a escribir sus discursos sobre Tito Livio y acaba de redactar una obra titulada El Príncipe.

Será esa pieza breve y explosiva la causante de que Maquiavelo fuese un apestado durante siglos, lo cual no fue óbice para que admiradores secretos, tal Napoleón, la tuviesen como lectura de cabecera literalmente debajo de la almohada. Y bien, nos preguntamos, ¿qué dice Maquiavelo en El Príncipe?

Maquiavelo y su Realpolitik

Se ha considerado que trazaba las líneas maestras de la Realpolitik, es decir, de la disimulación y del engaño como manera de obtener y mantener el poder. Se ha considerado que trataba a los hombres como seres mezquinos y débiles, siempre dispuestos a la traición, necesitados de un gobierno fuerte y de un  gobernante que aunase en sí las cualidades de la zorra no menos que del león. Se ha considerado que le daba el golpe de gracia a una ciencia bella e ideal de la política, defendiendo una noción de virtud que nada tenía que ver con las virtudes cristianas. ¿Es esto cierto?

Lo es y no lo es. Maquiavelo analiza simplemente lo que ha sucedido y lo que sucede en la escena política. Aporta ejemplos de buenos gobernantes que cayeron por la arbitrariedad de su pueblo, así como pésimos príncipes que triunfaron valiéndose de argucias. Sobre todo, Maquiavelo intenta dar con un método para luchar contra los infortunios de la poderosa Fortuna en los asuntos de palacio.

Pero Maquiavelo, que dedicó el libro a Lorenzo de Médicis, no sacrifica la virtud en el altar del poder. Su virtud, eso sí, virtù la llama, no es una virtud cristiana, sino republicana, una virtud que conoce los entresijos oscuros del alma humana y no cae en idealizaciones que no sirven a la hora de gobernar un país.

Sin embargo, por encima de todas las cosas, Maquiavelo fue un patriota adelantado. Le desgarraba ver cómo las potencias se repartían Italia y cómo ésta era incapaz de unirse. Con gran visión, hacía responsable de ello a los estados pontificios. La iglesia era entonces un poder terrenal, una de las potencias regionales. Y no estaba dispuesta a ceder un milímetro.

No es de extrañar, pues, que los escritores cristianos posteriores, ante las diatribas de Maquiavelo, lo acusasen, por cierto que con muy poca moderación, de herejía, impiedad, contubernio con el diablo e hijo de Satanás. Jesús, qué tropa.

Publicado en: Edad Moderna, Personajes históricos

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