El exilio tras la Guerra Civil española

exilio tras la guerra civil española

Esta imagen muestra la dureza del camino hacia Francia. Sin embargo, hay otras fotografías del exilio español que incitan a la reflexión. En medio de las hileras silenciosas de rostros cansados, cuerpos envejecidos y almas tristes, aquí y allá emergen figuras que mantienen una serenidad que no claudica, que llega incluso a mostrarse sonriente y hasta diríamos esperanzada.

Si aquellas gentes fuesen cristianos perseguidos en el Imperio Romano, hablaríamos tal vez de la esperanza de los vencidos. Pero un soldado no es un mártir. Si detrás de cada niño hambriento o mujer dolorida por la pérdida de su hijo se atisbaba la firmeza de un combatiente republicano, era tan sólo porque de algún modo no creía que la guerra estuviese perdida, no suponía que la cruzada del nacionalcatolicismo pudiese sobrevivir sin la ayuda de los fascismos europeos. 

Por eso, las caras relativamente alegres de unos pocos esconden una tragedia mayor que los rostros descompuestos de la mayoría. Los que no se hacían ilusiones pudieron despedirse de un paisaje al que no regresarían. Quienes confiaban en la victoria final, en cambio, sólo comprenderían a mucha distancia de su hogar, arrojados en tierra extraña, humillados y proscritos, que jamás volverían a España a no ser para morir en una cárcel.

Fue en enero de 1939 cuando los nacionales se hicieron con Cataluña. Entonces medio millón de españoles, procedentes de muy diversa geografía, cruzaron la frontera francesa en apenas dos semanas. Como dijo alguien, era todo un pueblo el que se exiliaba ante la indiferencia planetaria. Es muy triste recordar la actitud de las democracias europeas de la época ante el conflicto español. O podían pero no querían, o ni querían ni podían, sacrificando la razón de los vencidos en aras de una Realpolitik que al final no evitó la Guerra Mundial.

Y, sin embargo, los exiliados volverían a las armas para luchar junto a los aliados. Ellos tenían poderosos motivos. No lo hacían por consignas retóricas de una libertad en abstracto, sino que luchaban por recuperar «estos días azules, y este sol de la infancia», últimos versos de un Machado que, caminando entre la polvorienta multitud, regresaba a la verdad luminosa de la niñez en las postrimerías de la muerte. No hay mejor metáfora para el exilio español, esa delicada flor de invierno que tanto nos conmueve.

Publicado en: Conflictos belicos, Edad Contemporanea, Historia de España

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