Los Papas de Aviñón

el palacio papal de Avignon

La historia de la Iglesia es truculenta donde las haya. A su lado, sagas del tipo Falcon Crest o Corrupción en Miami palidecen. Ambición, traiciones, venganza, lujuria, corrupción, arrepentimiento, mezquindad y hasta auténtica piedad condimentan un plato muy del gusto de nuestra época. ¿Cómo es que Hollywood no le mete mano?

Lejos estamos de poder resumir semejante historia en un solo artículo. Preferimos centrarnos en un siglo: el XIV. Jugoso siglo en el que amanece un nuevo día, en algunos lugares de Europa, mientras que en otras latitudes las gentes siguen durmiendo el pesado sueño medieval.

La Iglesia, sin embargo, iba a su aire. Agitada, entre convulsiones, de lleno metida (como casi siempre) en un quiero y no puedo por su relación con los poderes terrenales. Para ella, el siglo XIV es el siglo de los papas de Aviñón: entre 1309 y 1377, Aviñón fue la sede de la Cristiandad: allí moraba el obispo de Roma.

¿De Roma? Bueno, podríamos dudarlo, si tenemos en cuenta que los papas llevaban mucho tiempo eludiendo la opción de residir en la ciudad eterna. ¿Y eso? Ya lo dijo Obélix: están locos estos romanos. En los últimos siglos de la Edad Media y Prerrenacimiento, la gente de Roma estaba como disfrutando de una sangre nueva, joven, traviesa, intemperante. Vamos, que no se estaban quietos ni en los cuadros.

Los Colonna o los Orsini, entre otros, hacían un ensayo de lo que sería, medio milenio después, el Oeste norteamericano. La ley no residía en el colt, sino en la espada. Apareció entonces, a lo Wyatt Earp la figura mesiánica y populista de Cola di Rienzo, que se hizo con el poder en 1347 y puso un poco de orden, aunque al principio su relación con la Iglesia tampoco fue lo que se dice buena…pero volvamos a Aviñón.

Podemos imaginar qué se movía alrededor del Papado con este dato: a principios del XIV, Aviñón era una villa perezosa en la que vivían unos pocos miles de habitantes. Nadie podía pensar que algún día el Tour de Francia pasaría muy cerquita para coronar el monte Ventoux, que domina el horizonte. Ni siquiera parecía posible que en apenas unos años, la ciudad multiplicase por 6 su población.

Pero eso fue lo que sucedió. De repente, las calles se llenaron de intigrantes, mercaderes, cardenales, amantes, príncipes y sicofantes, en un ajetreado ir y venir que a los naturales del lugar debió parecer pasmoso. Al mismo tiempo se levantó un palacio de los que quitan el hipo. ¿No me creeis? Id a visitarlo…

Los dineros afluían a Aviñón, atraídos por el pregnante magnetismo de la Iglesia. Sin embargo, ah misterios de la psicología humana, mientras los cardenales disfrutaban de lo lindo con aquellos lujos y refinamientos que alguno todavía atribuía a la magnanimidad divina, los Papas no dejaban de pensar en Roma. ¡Roma! suspiraban. Había que intentar su reconquista…

Urbano V fracasó en 1367. Pero, al fin, gracias a las artes pacificadoras del cardenal Gil de Albornoz, Gregorio XI entraba en Roma. No sin antes de largos parlamentos con el resto de la jerarquía eclesiástica, que no acababa de entender la manía del Papa. ¡Con lo bien que estábamos en Aviñón…! parece que exclamó, al contemplar las cúpulas de San Pedro, uno de aquellos bonachones cardenales. Qué ricura.

Publicado en: Edad Media Baja

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