La guerra de Biafra

Biafra

Biafra supuso la irrupción de un nuevo género periodístico, precursor miserable de los reality de nuestros días: la hambruna fotografiada, filmada, televisada. A finales de los sesenta, más de veinte años después de la locura de la guerra, Europa tenía que desaflojarse el cinturón. Y sería esa tripa burguesa la que despertaría su mala conciencia cuando las imágenes de África empezasen a convertir los telediarios en comidas condimentadas con aroma de esqueleto humano.

Biafra pertenece a la prehistoria de ese proceso. Al mismo tiempo resume el nuevo orden mundial, el estado de las cosas planetarias en la segunda fase de la guerra fría. Biafra no surgió por generación espontánea. Por eso la opinión pública europea, de alguna u otra manera, se sintió interpelada. Mucho antes, por cierto, de que los políticos se diesen cuenta.

Veamos. En 1960 la soberanía del Reino Unido (señora todavía entonces militarizada y colonialista emanada, se decía, del pueblo y supercontenta con las degustaciones de té en presencia de su Majestad la Reina) sobre una extensa región bautizada por ¿quién? como Nigeria, decidó coger el barco y volver a Londres, cansada de que los lugareños le propinasen tales palizas al exquisito inglés de la City.

Antes de marcharse, los ingleses habían decidido estructurar mínimamente un estado con tres regiones sobre la base de los tres grupos mayoritarios (hausas-fulani, yorubas e ibos), nada homogéneos, en la amalgama de etnias y tribus que componían ese país artificial, Nigeria.

Las tensiones secesionistas, como dijeron las crónicas utilizando una terminología extemporánea y anacrónica tratándose de África, empezaron en 1966 y parecieron rematar cuando un general ibo, Ironsi, estableció por decreto la grandeza del estado Uno, Grande y Libre. Los hausas reaccionaron y propiciaron un golpe de estado.

El segundo de Ironsi, un señor llamado Gowon, dejó que asesinaran a su jefe. Acto seguido, con el camino expedito hacia la jefatura de estado, desplegó la fuerza bruta. A finales de 1966 se produjeron una serie de matanzas contra los ibos. Poco después, en la primavera de 1967, el teniente coronel Ojukwu consideró necesario proclamar la independencia del sureste de Nigeria, territorio ibo. 

La República de Biafra había nacido no con un pan debajo del brazo, sino con el signo maldito de un descubrimiento perverso en el delta del Níger: petróleo. El oro negro movilizó al planeta. Mientras Lagos, la capital de Nigeria, se lanzaba contra el estado rebelde, allá volvían los gobiernos europeos como dóbermans que hubiesen recordado de repente dónde estaba el hueso, ignorando el hecho de que, en el tablero de la guera fría, no pasaban de ser perritos falderos. 

Londres apoyó a Gowon, París se puso del lado de los biafreños. Al final perdieron los hombres, las mujeres, los niños y ancianos de la región. Hubo un ganador: el hambre. Se habla de dos millones de muertos, entre 1967 y 1970, año en el que Biafra capituló. Desapareció como estado, pero su recuerdo permanece en nuestras consciencias. Pareces del Biafra, nos decía escandalizada mi madre cuando éramos un enano esmirriado. Después supimos por qué.

Publicado en: Conflictos belicos, Edad Contemporanea, Historia de África

Tags: , ,

Imprimir Imprimir




1 comentario

Comments RSS

  1. Leonardo Cortes dice:

    Despues de 35 años de vida se donde carambas era Biafra, su historia y su hambre. Buen artículo.

Deja tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Top