El siglo XIX, el siglo de las revoluciones

la Libertad guiando al pueblo

El siglo XIX es el siglo de la Revolución y de las revoluciones. La primera es la Revolución Industrial, que iba a cambiar radicalmente la vida sobre el planeta. Las segundas son las múltiples revoluciones sociales y políticas que convulsionan el, hasta hoy, segundo siglo más inquieto de la historia. Nos centraremos en el ámbito europeo, pues las independencias americanas merecen capítulo propio.

No toda centuria dura cien años. Creemos que el siglo XIX empieza en 1789 con la simbólica toma de la Bastilla al principio de la Revolución Francesa. Esta revolución significa el triunfo del orden burgués sobre el Antiguo Régimen: vence la burguesía, y nobleza y clero son derrotados. También la monarquía saldrá malparada en los casos que decida, muy poco sagazmente, unir su destino al de las clases privilegiadas.

El siglo XIX no sólo empieza pronto sino que finaliza tarde. Para nuestros propósitos, el siglo no concluye hasta la Revolución Rusa de 1917. Entre los 128 años que median entre la revolución burguesa por antonomasia de 1789 y la (supuesta) gran revolución proletariada, una serie de revoluciones menores le dan al siglo ese color tan característico.

Tras la derrota napoleónica se pretendió congelar la dinámica de la historia. Empeño inútil, porque nadie puede salirse de su propio pellejo, sea éste corporal o histórico, ni siquiera los príncipes más poderosos de entonces. Entre 1814 y 1830 Europa no vive, hiberna dentro de una burbuja ficticia, la burbuja de la restauración.

Pero no se podía evitar lo inevitable. En 1830-31, algunas de las férreas correas con las que se había encorsetado el cuerpo social revientan. En los Países Bajos, en Polonia, en Alemania, en España. Sobre todo en Francia. Y síntoma de los tiempos era que en París, durante la Revolución de Julio, los obreros destruyeran las nuevas prensas importadas de Alemania. El maquinismo incipiente fue durante mucho tiempo objeto de las iras de un todavía imberbe movimiento obrero.

La fruta estaba más madura en 1848. Esa es la fecha que sirve de gozne secular. Por momentos, la mecha revolucionaria prendió con fuerza desde Berlín hasta París. Pero en Alemania el éxito fue tan embriagador como breve mientras que en Francia la revolución sólo sirvió para que la Segunda República, proclamada el 4 de mayo de 1848, nombrase presidente a Luis Napoleón. Era como encargar a la zorra el cuidado del gallinero.

Luis Napoleón se convirtió en 1852 en Napoleón III, y la República dejó paso al imperio. El 19 de julio de 1870 Francia declara la guerra a Prusia. Bismarck se sale con la suya, cae Napoleón y en septiembre se proclama la III República (¿quién dijo que con dos es suficiente?). Unos meses más tarde (1871) la Comuna parisina intentó por enésima vez instalar un régimen revolucionario y por enésima vez fracasó.

Aunque poco importaba el resultado. Toda Europa estaba, de hecho, ‘desatada’. Hasta el pueblo español se había lanzado tras las banderas subversivas de 1868. En 1873 se proclamó la I República y quienes habían corrido en 1814 para ponerse a tirar del carro de Fernando VII gritando lo de ¡Viva mi dueño! se atrevían ahora a vivir sin monarca. Cambio tan notable apenas tuvo continuidad y unos meses después tuvieron… en fin, tuvieron que ir a buscarlo.

Publicado en: Edad Contemporanea

Tags: , ,

Imprimir Imprimir




6 comentarios

  1. anononimo dice:

    falta la revolucion franco-americana

Deja tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Top