La República de Weimar y el avance del nazismo

Hitler y Hindenburg

Weimar. Es un bonito nombre para una pequeña ciudad alemana. En español como que nos trae recuerdos del océano, aunque se encuentre en el centro de Alemania, en Turingia, a orillas del río Ilm. A finales del siglo XVIII entretejió una época floreciente, en la que se convirtió en la capital cultural de Europa. Ella, tan chiquitita, vio pasar entre otros personajes a Schiller, a Herder y al más grande de todos ellos, Goethe, con quien la lengua alemana, nacida del genio de Lutero, conoce su neoclásica primavera.

Pues bien, en 1919 en Weimar se redacta la nueva constitución. Recordemos que Alemania había perdido la guerra. En términos estrictos lo cierto es que no la había perdido, de ahí que cuando se le imponen unas condiciones tan estrictas por el Tratado de Versalles, los patriotas de Deutschland über alles se sintiesen plus-cuam-agraviados.

Ese tratado supuso una pesada losa para la joven República desde su nacimiento. Los primeros años fueron terribles y desde los extremos del espectro político se hacía lo posible por desestabilizar al gobierno. La democracia liberal era atacada sin compasión tanto por la derecha nacionalista como por los comunistas. Pero la criatura, bien que renqueante y sufrida, parecía ser capaz de sobrevivir tanto a intentos de golpes de estado como a proclamas revolucionarias.

Entre 1924 y 1929 la República vivió sus mejores años. A decir verdad en el campo del arte, de la filosofía o de la cultura todo el período estuvo lleno de una fertilidad pasmosa. Pero fueron esos cinco años en los que el ministro Stresemann se reveló como estadista de altura mundial, aunque entiéndase lo que se suele querer decir con tales palabras.

En 1929, sin embargo, Stresemann moría de un cáncer. Más importante para el futuro de Europa, la bolsa de Nueva York hacía ¡crac! y las finanzas mundiales saltaban por los aires mientras la economía doméstica estaba a punto de hundirse en el abismo. O sea, se presenta un momento único para arribistas y pequeños cabos de ascendencia austriaca que hasta entonces causaban más vergüenza ajena que verdadera preocupación.

Porque en las elecciones de 1928 Hitler (no otro era el pequeño cabo) obtiene una espectacular cifra del sufragio: ¡el 2%! En 1930, en medio de sucesivas crisis de gobierno, se vuelven a convocar elecciones. Ahora el partido nazi llega al 17% de los votos. Ha habido un cambio, aunque no parece suficiente. Pero si algo puede ir a peor, sin duda irá a peor.

Así, mientras la crisis afectaba cada vez más a los ciudadanos, el juego de mayorías y minorías en el parlamento alemán era utilizada solamente para socavar el sistema. Nuevas elecciones, nuevo ascenso del nazismo: el 37%. Es una barbaridad, pero también representará su techo. Y de hecho, en noviembre, en una nueva convocatoria electoral, los nazis no pasan del 33%.

La suerte estaba echada, sin embargo. Los líderes de la derecha burguesa y de ciertos sectores del ejército, creyendo que Hitler sería su guiñol, convencen al viejo presidente von Hindenburg que nombre canciller al mismísimo Führer. Acertaron de pleno, sí señor.

Publicado en: Edad Contemporanea

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1 comentario

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  1. manuel dice:

    Eso pasa cuando la irresponsablidad de los políticos hace dejación de sus funciones y sobrevienen los mesias para justificar el caos que trae más caos

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