La caza de brujas en Hollywood

caza brujas en el cine

Actores contra el macartismo

Uno de los más tristes episodios producidos en el siglo XX contra la libertad ideológica en EE.UU. fue la conocida como “caza de brujas” en el mundo del cine. Sus años más duros fueron los transcurridos entre 1947 y 1956, pero sin embargo, sus semillas comenzaron a plantarse en el periodo de la Gran Depresión, a principios de los años 30.

Aquella caza de brujas supuso que muchas carreras cinematográficas se vieran cortadas bajo las sospechas de comunismo encubierto. Tras el crack bursátil del 29 nacieron muchos movimientos de corte fascista y eso, unido a la crisis económica que arruinó a tantos americanos, hicieron que se volvieran los ojos contra las ideologías de izquierdas.

En 1940 se fundó la Motion Picture Alliance for the Preservation of American Ideals, una asociación de gentes del cine con ideas ultraderechistas que buscaban luchar contra todo lo que consideraban antiamericano. Actores como Gary Cooper o Robert Taylor, y directores como John Ford, eran personajes señalados del movimiento.

A nivel nacional, en 1938, se había creado la Comisión de Actividades Antiamericanas, que comenzaron a perseguir organizaciones y personas que violaban las leyes federales; sin embargo, la persecución se extremó y en apenas dos años ya se investigaba al Partido Comunista, se prohibía enseñar las ideas de Marx o Lenin y se comenzaron a llamar a algunos actores para que proclamaran su afiliación política e ideológica. Humphrey Bogart y James Cagney fueron dos de los primeros perseguidos.

Tras la Segunda Guerra Mundial y con Truman como Presidente de los EE.UU., las persecuciones se radicalizaron. En 1948 la doctrina Truman era una auténtica declaración de intenciones. Bajo la idea del “patriotismo” y el “americanismo” la Comisión Dies, reunida en Hollywood, elaboró una primera lista de sospechosos y se empezó en serio a abrir expedientes. El 23 de septiembre de 1947 se mandaron las primeras citaciones: Dalton Trumbo, John Huston, Lewis Mileston o William Wyler eran algunos de los sospechosos.

Algunos de ellos se aliaron en una reunión secreta hecha en la casa de Edward G. Robinson, y formaron los “los 19 testigos inamistosos“, conocidos así por negarse a declarar. Otros crearon el Comité de la Primera Enmienda, con le que se dedicaron a condenar públicamente las presiones políticas sufridas.

Lo ocurrido a partir de ahí fue todo un circo mediático, con la prensa y la televisión pendientes de una persecución que mandaría a la cárcel a algunos miembros de la industria del cine sólo por tener ideas comunistas, y que acabó con la carrera de otros muchos que no volvieron a trabajar en el cine.

Como ocurre en estos casos, en el curso de los juicios muchos directores, guionistas y actores acabaron denunciando a sus propios compañeros por motivos, muchos de ellos, sorprendentes. Jack Warner fue uno de los primeros en denunciar, haciéndolo contra los hermanos Epstein, ganadores de un Oscar por Casablanca, simplemente porque (según adujo) en sus películas los ricos siempre hacían de malos y eso era ir contra el capitalismo. Gary Cooper, Ronald Reagan o Mayer (el de la Metro) fueron otros de los acusadores.

De los 19 testigos inamistosos, 10 fueron condenados, “los Hollywood ten“, y apresados. Pero otros como Fritz Lang, Charles Chaplin (el popular Charlot) o John Huston tuvieron que irse del país.

hollywood ten

Con el senador McCarthy la caza de brujas llegó a su punto álgido; tanto que muchos años después aquella caza de brujas también fue conocida como el “mccarthismo”, por la saña con la que persiguió a los “rojos”. Una situación así sólo el tiempo podía aliviarla, y fue a partir de los 60 cuando comenzaron a desaparecer las “listas negras”, sobre todo, tras la caída en desgracia de Joseph McCarthy.

Aún muchos años después los rastros de aquella caza de brujas siguen permaneciendo presentes en la Meca del Cine como bien pudo verse en la entrega de los Oscars de 1998, cuando le dieron uno honorífico por toda su carrera a Elia Kazán. Este director había denunciado a 57 compañeros en aquellos años, y cuando en 1998 le entregaron la preciada estatuilla, medio salón de actos permaneció sentado en su asiento sin hablar ni aplaudirle.

Habrán de pasar aún unos años antes de que se olviden aquellos penosos hechos por los que muchos americanos perdieron su propia libertad. Fue el miedo y las dudas las que hicieron que se callaran las voces contra aquel atropello, y eso lo pagaron, desgraciadamente, quienses sí levantaron su voz contra un sistema injusto y despótico.

Publicado en: Edad Contemporanea

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