La expansión del Imperio Bizantino bajo Justiniano

Imperio Bizantino Justiniano

Autoconsiderado sucesor de los grandes césares de Roma, el emperador Justiniano accedió al trono de Bizancio con la férrea idea de devolver al Imperio su gloria pasada, a los tiempos en que allá por los siglos I y II el imperio romano abarcaba desde África, al continente europeo y buena parte del asiático.

Gozaba con el nuevo imperio que estaba bajo sus órdenes, el bizantino, de una posición privilegiada frente al Mediterráneo, y contaba con los conocimientos y técnicas necesarias para dominar el mar en el que solo los vándalos asentados en Cartago podían hacerle frente.

Su religión cristiana, además, no le permitía dejar bajo el yugo de las creencias arrianas germánicas a poblaciones otroras ortodoxas. Él, y solo él, apelando a su título como emperador en Constantinopla del Imperio Romano de Oriente tenía los derechos históricos para gobernar los vastos territorios ahora ocupados por tribus germánicas.

Fue Justino, su antecesor, quien abrió la línea dinástica justiniana, pero fue con Justiniano I con quien alcanzó el imperio bizantino su máximo apogeo político.

Italia, y especialmente, el norte de África, sometido cruelmente por los vándalos, clamaban por un salvador, y Justiniano, elevado a los altares, como autócrator, con un poder otorgado por designio divino, creyó en su misión de propagar la fé cristiana entre los infieles.

Justiniano en el trono bizantino

Asociado al trono en el año 527, su gobierno no fue ni mucho menos de éxitos continuos. Sus victorias se alternaron con derrotas pero aún así consiguió devolver al Imperio mucho de los territorios perdidos por Roma.

Para ello hubo de pasar por unos cinco primeros años difíciles acuciado por una población levantada contra los impuestos crecientes a los que la sometían, y humillado por la paza forzada a la que se vio sometido por Persia. Tuvo que enfrentarse a su primera gran revuelta, la de Nika, en el año 532, en la que se saqueó parte de su capital, pero como todo buen general él también había sabido rodearse de los mejores soldados.

Teodora, su esposa, de carácter firme y pasado tumultuoso, fue su principal apoyo; Belisario, su general al mando y principal defensa, y con ellos, grandes valedores y consejeros como Triboniano, ministro de justicia, Juan de Capadocia, profesor en la Academia de Derecho de Constantinopla, o Doroteo, de la de Beirut. Estos últimos no solo le ayudaron en la confección de su extensa e importante obra legislativa, base del Derecho bizantino en los siglos siguientes, sino en la organización institucional de todo su gobierno.

Política exterior de Justiniano: expansión del Imperio

Hubo de convivir Justiniano con la continua presión de los pueblos cercanos haciendo frente a ostrogodos, vándalos, visigodos y, sobre todo, eslavos (empujados por los ávaros en el Norte)  y persas con quienes firmó la paz en el año 532.

Sin embargo, lejos de centrar su política exterior en la defensa de su capital, Justiniano se aprestó a cumplir con los designios que creía impuestos, y poco después de firmar la paz con Persia comenzó la conquista de Italia justo en el momento en que Teodorico había debilitado su gobierno por el fallecimiento de su hija Amalasunta.

Contó para ello con su mejor general, Belisario, un tracio de origen germánico, quien apoyado en la rapidez y movilidad de sus tropas se lanzó en primer lugar a por el reino vándalo de Gelimer y después a por el reino ostrogodo. Sabiamente, simuló marchar hacia Cartago donde se le esperaba, pero, finalmente, a última hora se dirigió a Sicilia, tomó Siracusa donde dejó una guarnición, cruzó a Nápoles a la que asedió y tomó, y entonces marchó hacia Roma. En apenas cuatro años Justiniano, gracias a Belisario, había pacificado la mayor parte de Italia.

Expansion imperio bizantino con Justiniano

Mientras tanto, en la Península Ibérica se enfrentaba el visigodo Agila con el nomble Atanagildo, representante de las grandes familias béticas del sur. Habiendo solicitado este último el apoyo del emperador bizantino, Justiniano vio aquel instante como el momento propicio para recuperar también la provincia de Hispania. Mandó para ello a su ejército guarnecido en Sicilia, al mando de Félix Liberio, quien acabaría por conquistar y ocupar una parte del litoral sudoriental, en particular, Cartagena, Málaga, Murcia y Córdoba, lugares desde donde se adentraría en Medina Sidonia, Baza, las Baleares y Ceuta.

Tras sus victorias en el Norte de África, habían convertido finalmente al Mar Mediterráneo en un vasto dominio bizantino que, no obstante, había dejado al Imperio exhausto económicamente.

Tras su muerte, el 15 de noviembre del año 565, aquella política de renovación imperial acabó por perderse, primero por las conquistas de los lombardos en buena parte de Italia, y después por las migraciones de ávaros y eslavos hacia los Balcanes.

Publicado en: Edad Media Alta

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