El egocentrismo de un dictador, Niyazov

Estatua de oro de Niyazov

A lo largo de la historia del hombre nos hemos topado con personajes importantes que parecían sacados directamente de un manicomio. Personas que han sabido llegar inteligentemente hasta el poder y que una vez allí han hecho muestra reiterada de su desequilibrio emocional. Hoy hablaremos de una de esas personas, un líder político que además está asociado a nuestra época contemporánea. Aunque ya fallecido, sigue siendo una muestra de que la vida, muchas veces, es un completo absurdo.

Tras la caída del Bloque Soviético, muchas naciones y repúblicas surgieron logrando seguir su día a día con nuevos gobiernos y rumbos. No obstante, muchas otras, debido principalmente a su pequeño tamaño, vieron con resignación la llegada de dictadores al poder.

Este es el caso de Turkmenistán, república a la que a partir de 1992 llegó nuestro personaje invitado de hoy, Saparmurat Niyazov. Una personalidad un tanto excéntrica que realizaría cambios totalmente estrafalarios en la sociedad de la república.

Huérfano y criado en un orfanato soviético, este personaje, con su llegada al poder, tenía claro que quería dotar de una identidad a su pueblo. Una identidad que había sido arrebatada durante los largos años de dominio soviético. No obstante, como se vio posteriormente, pareciera que la única identidad que quería otorgar a Turkmenistan fuera la suya propia, y es que se encargó personalmente de construirse un país hecho a su medida.

Para empezar, se cambió el nombre. Necesitaba uno más acorde con los proyectos que tenía planeados. Así pues, pasó de llamarse Niyazov a Turkmenbashi (padre de los turcomanos). El cambio pareció agradarle ya que a partir de ese momento ciudades, calles, pueblos e incluso un meteorito, fueron bautizados con ese mismo nombre. Además, muchos otros nombres de su familia se utilizaron para renombrar cosas ya existentes como los meses del año.

A partir de ese momento comenzó una carrera absurda de cambios en la que su cara era protagonista de todas las cadenas, periódicos, monedas e incluso botellas de alcohol. Las estatuas en su honor inundaban las calles. La más impresionante es una que hay en la cima del edificio más alto de Asgabat. Esta estatua cuenta con un mecanismo que va girándola para poder estar siempre orientada al sol. De esta forma ni nadie ni nada puede hacer sombra en su rostro.

Se dio cuenta este hombre de que este culto a su propia imagen debería contar con un libro sagrado. Un manual lleno de enseñanzas morales y cívicas que él mismo se encargó de escribir. El libro se llamaría Ruhnama (libro del alma) y sería el libro básico de texto de todas las escuelas. La importancia del mismo era tal, que los niños sólo podrían graduarse en la secundaria si memorizaban completamente este manual.

Cerró los hospitales de provincia y cambiaría el Juramento Hipocrático por el Juramento a Turkmensbashi, además, prohibiría los dientes de oro y el dentífrico, ya que su sabiduría absoluta le había revelado que eran mucho mejor las manzanas y mascar hueso.

Sin duda alguna un personaje bastante peculiar. No obstante, lo peor de todo es que sólo dejó el poder una vez murió en el 2006, dejando un país lleno de absurdas construcciones y proyectos delirantes (como el del palacio de hielo en pleno desierto) basados en un desequilibrio evidente.

Puedes leer sobre otros dictadores de la historia en: Nicolae Ceaucescu o en Stalin

Foto vía:  Urbantitan.com

Publicado en: Edad Contemporanea

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