Garibaldi y la primera guerra de independencia

Garibaldi y sus camisas rojas

A veces parece como si el destino de los pueblos estuviese en manos de una sola persona. Es una simplificación terrible, por supuesto, un poco reincidir en las teorías que versan sobre la nariz de Cleopatra: si la nariz de Cleopatra hubiese sido distinta, la historia hubiese sido otra…

Es decir, si Cleopatra (entiéndase cualquier personaje ilustre: Cleopatra, César, Alejandro, Carlos V, Isabel II, Napoleón, etc) hubiese sido otra persona de la que fue, los acontecimientos habrían sido diversos, la historia habría sido fundamentalmente diferente, en definitiva el mundo no habría de ser tal y como es.

Como se ve, es una interpretación un tanto infantil y en las antípodas de lo que, por ejemplo, sostendría cualquier materialismo, sea histórico, dialéctico o cultural, o sea, cualquier teoría que tuviese en cuenta los condicionantes sociales, económicos, ideológicos.

Pero, en fin, en todo caso es cierto que en ocasiones resumimos el destino de una nación en esa especie de cifra mágica que representa el nombre de una personalidad ilustre. Políticos, revolucionarios, reyes…así, ¿quién duda que sin el hábil Bismarck Alemania lo hubiese tenido más difícil para surgir como poderosa nación en pleno siglo XIX? También las independencias sudamericanas parecen reclamar los nombres de quienes jugaron un papel muy destacado en ellas, tal como el mismo Simón Bolívar.

En la unificación de Italia las cosas no podían ser diferentes, aunque cabría hablar más bien de una trinidad, la formada por Giuseppe Garibaldi, Víctor Manuel II y el conde Cavour: el héroe, el monarca y el político, si bien nosotros ahora nos quedamos con Garibaldi, cuya figura resulta por cierto un tanto poliédrica aunque al mismo tiempo no deje de encuadrarse bastante limpiamente en la figura típica del héroe romántico decimonónico. Incluso las sombras del personajes afianzan tal impresión.

Porque si de algo se está seguro cuando se lee la biografía de Garibaldi es estar delante de un auténtico aventurero, un Byron si acaso con más ínfulas políticas que literarias, un pirata que fue de uno al otro lado del Atlántico sin perder nunca la referencia de su patria: Italia, pese a que él mismo había nacido en Niza.

Giuseppe Garibaldi cogió un día un barco en el puerto de Niza: era 1824: tenía paenas 16 años. Casi una década duró la vida de marino en el Mediterráneo. Hasta que tuvo conocimiento de la Giovine Italia, organización clandestina liderada por Mazzini y que luchaba por la constitución de Italia como estado unitario.

Después de una revuelta fracasada y tras ser condenado a muerte, Garibaldi logró huir embarcándose hacia Río de Janeiro. En Brasil contactó con la comunidad italiana, de perfil marcadamente liberal y revolucionario. Además, el inquieto Garibaldi encontró el desahogo a sus ardores combativos en la causa de Río Grande do Sul contra el emperador Pedro II. Según narra en su diario Garibaldi, al frente de una docena de hombres, hizo de un pequeño barco de pesca el azote de los navíos y plazas imperiales.

Luego pasó a Uruguay, tras recuperarse de una herida de bala, y formó la Legión Italiana, que tomó partido contra Argentina en la guerra que Uruguay mantenía con dicha nación. Su fama crecía tanto en América como en Europa. El líder de los camisas rojas, “uniforme” que vestía su Legión Italiana, era casi una celebridad cuando llegó el 1848, como se sabe buen año para la revolución en el mundo y especialmente en Europa.

Creyendo la fruta ya madura, volvió a Italia, donde las insurrecciones estallaron por doquier en la fragmentada nación. Así se forjó lo que se conoce como primera guerra de la independencia en Italia. Al norte los austríacos tuvieron que retirarse y, de hecho, el flujo revolucionario llegó a la misma Roma, capital de los Estados Pontificios (uno de los grandes tapones para la unificación): en febrero de 1849 el Papa fue expulsado y se formó un gobierno republicano…que duró tres meses. Porque, en efecto, la fruta no estaba todavía madura…

Publicado en: Edad Moderna

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