El Bajo Imperio romano: Diocleciano

Monedas de Diocleciano

El derrumbe del Imperio romano, es decir, el colapso final de una entera cosmovisión como la representada por una larga Edad Antigua, es uno de los momentos más singulares y difíciles de acotar de toda la historia. Había una clara inercia de inestabilidad y decadencia desde principios del siglo III. Sin embargo, el proceso no fue lineal y estuvo sujeto a variaciones.

De hecho, aquel mundo todavía conoció momentos de relativa estabilidad. Tras la crisis del siglo III, el Imperio romano afronta una etapa decisiva. Los manuales de historia han solido ver, a partir del año 284, un periodo restaurador en el que el poder imperial se consolida de la mano de dos emperadores enérgicos que garantizarían un sistema de gobierno durante casi dos siglos más en Occidente y nada menos que mil años en Oriente.

Esta fase histórica es la del Bajo Imperio romano, también llamada Antigüedad Tardía. Esos dos emperadores decisivos son Diocleciano y Constantino, que pese a responder de forma tan diferente a algunos de los retos del momento (por ejemplo, la relación con el cristianismo), coincidieron en su logrado intento de acabar con los tumultuosos años precedentes.

Porque en el siglo III se había impuesto la figura del emperador-soldado, aupado al trono por sus legionarios. En medio siglo se suceden decenas de emperadores, algunos de los cuales no duran ni un par de meses antes de ser asesinados. Mientras tanto, se producen las primeras incursiones verdaderamente preocupantes de los bárbaros de la Germania exterior, y en el Oriente se forman reinos independientes en un claro desafío al poder imperial (Zenobia en Palmira).

La situación militar mejoró con Aureliano (270-275) y Probo (276-282), pero ambos fueron asesinados. Diocleciano, de humilde origen dálmata, fue otro de los soldados encumbrados pos su compañeros. Sin embargo, acabó con la rápida sucesión de emperadores. Lo hizo creando la Tetrarquía, nuevo sistema de gobierno con dos augustos y dos césares sucesorios.

Los dos principales problemas del Imperio eran, pues, la seguridad y la cuestión económica. Respecto a las primeras, Diocleciano robusteció el ejército y afianzó las legiones en la frontera norte. Por el contrario, los esfuerzos por contralar la inflación y la escasez de oro del Tesoro no dieron demasiados resultados. Los expertos han señalado la incapacidad romana para comprender de manera cabal el funcionamiento de la economía: ésta no se podía regular simplemente por decreto.

El otro gran asunto era la actitud ante el cristianismo. En el 303Dicleciano emitió un edicto que ordenaba la destrucción de las iglesias y la destitución de los cargos públicos que profesasen el credo cristiano. Fue la última persecución contra el cristianismo, aunque en Occidente apenas se dejó sentir.

Sin duda, Diocleciano quería restaurar la dignidad imperial en todas sus dimensiones. La autoridad civil necesitaba de la autoridad religiosa: los ritos y tradiciones paganas habían acompañado al Imperio en sus momentos de mayor esplendor, por lo que Diocleciano, como otros emperadores antes que él, no podía dejar de considerar al cristianismo como una fuerza disgregadora.

Pero la dinámica de los tiempos estaba a punto de cambiar de forma radical. Lo curioso es que, en último término, las premisas de Diocleciano le servirían a su sucesor, Constantino, para hacer justo lo contrario. Su adopción final del cristianismo, más allá de la piedad auténtica que lo impulsase, parece indisociable de su confianza en los cristianos para garantizar el futuro del Imperio. Se equivocó.

Foto vía: tesorillo  

Publicado en: Edad Antigua, Historia de Roma

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