El fusilamiento del emperador Maximiliano

fusilamiento de Maximiliano

Qué agitada y turbulenta resulta la historia de México en el siglo XIX, a medio camino entre un colonialismo europeo, agónico o impotente (primero español, luego francés), y un nuevo imperialismo americano que amanece (USA). Grandes nombres, grandes batallas, grandes acontecimientos ocupan la escena mexicana de entonces, cuando drama y comedia se confunden, sin desdeñar nunca un lugar para lo insólito.

Porque es insólito ver al hermano del emperador Francisco José de Austria instalarse en Veracruz para asumir en sus manos el destino de México. Maximiliano era todo un caballero y pertenecía, por así decir, al ala más liberal de los Habsburgo. Era un rey moderno, dispuesto aparentemente a transigir con los republicanos, decidido a gobernar para todos y con todos. Sus buenas intenciones, así como lo efímero de su reinado, recuerdan a otro hermanísimo: José Bonaparte, tan poco querido por los españoles.

En 1823 el presidente de los Estados Unidos, Monroe, hizo una declaración en la que se ponían las bases del ulterior imperialismo yanki. Entonces se trataba de una declaración defensiva, porque ese naciente afán imperialista no estaba en condiciones más que de mantener la condición pos-europea del continente americano. Los tiempos estaban cambiando, ya lo dirá Bob Dylan, aunque en la vieja Europa no se daban por enterados.

El gobierno de Benito Juárez, por cierto que en una situación de absoluta precariedad política, suspende el pago de la deuda pública en 1861. Ingleses, franceses y españoles reaccionan con una expedición militar y en la convención de la Soledad (1862) se les garantiza a los acreedores el cumplimiento de sus demandas. Sin embargo, una naturaleza como la de Napoleón III, no podía quedar satisfecho con tan poco.

En efecto, Napoleón soñaba con un Imperio con ascendente francés en América que contrarrestase al poderoso vecino del norte, así como potenciase el comercio y la industria de Francia. El ejército galo invadió la capital mexicana y en 1864 se le ofreció la corona a Maximiliano.

El nuevo emperador confiaba en el apoyo de las fuerzas conservadoras mexicanas y en la garantía militar francesa. Sin embargo, como hemos dicho, era un monarca un tanto outsider. Sus medidas nada represivas le valieron la oposición de los de siempre, mientras que no le sirvieron para ganarse la confianza de quienes defendían la soberanía nacional y abogaban por una república propiamente mexicana. Tampoco la de aquellos que sin criterio deciden tirar por donde sople el viento.

Y el viento de la historia parecía soplar en dirección contraria al de los emperadores (que no de los imperios). Una vez acabada la guerra civil norteamericana, temeroso Napoleón III de la insurrección popular, el apoyo de los USA y los disturbios en la propia Francia, decide abandonar a su suerte a Maximiliano.

El emperador fue fusilado en Querétano el 16 de junio de 1867. Tuvo mala fortuna este Maximiliano. Ya lo decía mi abuela: cuidado con las amistades…No era buena sombra, aquella de Napoleón III.

Publicado en: Edad Contemporanea, Historia de América

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1 comentario

  1. hosman dice:

    solo quiero saber por que no la historia daaaaaaaaaaaaaaaaaa

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