Las Guerras Médicas, griegos contra persas

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Las guerras médicas enfrentaron a las ciudades griegas y al ejército persa durante la primera mitad del siglo V a.C. Entre el 490 (Maratón) y el 479 (Platea), cuatro combates pasarían a formar parte no sólo de la historia del Mediterráneo, sino de la iconografía simbólica de Occidente. Se dice que el destino de Europa (y por lo tanto, para bien o para mal, del mundo entero) se decidió entonces.

A mediados del siglo VI (léanse las fechas siempre antes del año cero) Ciro el Grande somete las poleis griegas de Jonia, en la actual costa oeste de Turquía. Una de las ciudades más importantes de Jonia era Mileto, cuna y patria de los primeros filósofos (Tales, Anaximandro y Anaxímenes). El rey persa contempla desde allí la Grecia continental (y sus infinitas islas) con apetito imperial. Sigue una política de apoyo a los tiranos de la Hélade y potencia el comercio fenicio en detrimento de las producciones jonias que comerciaban con el resto de ciudades griegas.

Estas medidas irritan a Atenas y a otras polis que apoyan la revuelta de Mileto (año 499), prendiendo (al menos intentándolo) la mecha de la rebelión por toda la costa turca. Pero el Imperio reacciona y arrasa Mileto. A continuación Darío, el rey persa, planea su venganza contra Atenas y prepara la conquista de Grecia.

Acto primero. Verano de 490. Más de cincuenta mil hombres y seiscientos barcos atraviesan el Egeo. Someten a las Cícladas que encuentran a su paso, invaden Eretria (en la isla de Eubea, al norte de Atenas) y hacen en escala en Maratón, donde la flota persa se divide. En ese momento, los atenienses (y sus no muchos aliados) bajo el mando del estratego Milcíades deciden atacar. De manera un tanto sorprendente, si consideramos el número de combatientes de cada lado, la victoria griega es total. Darío renuncia a su plan y en Grecia rinden honores póstumos a un corredor que había recorrido los 42 km que separan Maratón de Atenas para anunciar la derrota persa, Filípides.

Acto segundo. Este acto tiene varias escenas:

Primera. Muerto Darío, su hijo Jerjes retoma la empresa de su padre. En el 481 mandó construir un puente de barcos en el Helesponto para cruzar el estrecho y pasar al continente. Las cifras bailan escandalosamente en lo que respecta al número de soldados que componían el ejército persa en esta ocasión. Las fuentes griegas, acaso llevadas por el exceso de querer sobredimensionar al enemigo para que la hazaña nacional destacase más, hablaban de dos millones. Hoy se tiende a creer que estarían por debajo del medio millón, en cualquier caso una fuerza impresionante.

Así pues, el ejército y la flota de Jerjes bajaba desde la costa de Tracia en dirección al Ática. Los griegos, en buena hora, no esperaban de brazos cruzados. Ahora el estratego principal de Atenas sería Temístocles, quien desde hacía años intentaba convencer a sus compatriotas de la necesidad de dotarse con una poderosa flota. Además, los atenienses no estaban solos esta vez. Se había sellado un pacto con Esparta, refrendado luego por muchas otras polis. La unión de todos los griegos, que siempre se había visto como una quimera, estaba más cerca que nunca.

Escena segunda. En su descenso por la Hélade los persas atraviesan Macedonia y llegan a las lindes de Tesalia y de Lócride. Topan con el desfiladero de las Termópilas, «puertas calientes» en griego. Era verano de 480, y las puertas estaban más que calientes, vaporizándose. Leónidas, rey de Esparta, se había atrincherado con trescientos hoplitas lacedemonios a los que acompañaban cientos de guerreros de otras polis griegas. Durante tres días ponen en jaque al ejército invasor, que no da crédito. Pero un traidor muestra a los persas un sendero paralelo que permite a varios contingentes atacar por la retaguardia. Algunas tropas griegas se rinden, otras huyen, pero Leónidas y sus espartanos no lo dudan y luchan hasta el final: el heroísmo de tal sacrificio va a conmocionar Grecia de una manera que hoy casi nos resulta inimaginable.

Escena tercera. Los persas se hallaban a las puertas de Atenas. La ciudad había sido evacuada. Muchas familias, así como la flota, se encontraban en la vecina isla de Salamina. Tras las Termópilas los griegos estaban nerviosos. Un buen número quería ir a postrarse ante el gran rey a suplicar perdón. Pero otros muchos, hondamente impresionados por el sacrificio espartano, apretaban con rabia la espada. Hacía falta algo más que coraje para la victoria. Temístocles mandó a un falso tránsfuga ante Jerjes. Jerjes escuchó lo que tenía que decirle: los griegos, desmoralizados, se retiraban cada uno por su cuenta. El gran rey cayó en la trampa y precipitó el ataque sobre Salamina. Las ligeras trirremes griegas tendieron una emboscada perfecta a las pesadas naves de los persas.

La victoria naval de Salamina se afianzó meses después en Platea, batalla con la que concluye la última escena de este segundo acto de las guerras médicas. Para Heródoto, nuestra principal fuente de información, un griego considerado a veces como el padre de la historia, las guerras médicas representan la culminación de un largo proceso. No luchaban dos ejércitos, sino dos civilizaciones. El régimen autocrático e imperialista persa, tiránico y arbitrario, frente al imperio de la ley encarnado en las polis griegas, donde no existen súbditos, sólo ciudadanos.

Claro que el bueno de Heródoto se olvidaba de que no todos en Grecia eran libres. Las mujeres, los esclavos…pero bueno, nadie es perfecto.

Publicado en: Edad Antigua, Historia de Grecia

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1 comentario

  1. sofia dice:

    buenaza lainformacion ahora tengo mas claras mis ideas gracias!!!

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