Las guerras alejandrinas: Arsínoe y Cleopatra

Arsinoe de Tintoretto

Arsínoe, así se llamaron varias reinas de Egipto durante la dinastía ptolemaica (los tres últimos siglos antes de nuestra era). Entre ellas, Arsínoe IV, hija de Tolomeo XII y hermana de la glamurosa Cleopatra.

En el 46 a.C, César agasajó al pueblo de Roma con unos festejos grandiosos. Narra un cronista de la época que, en uno de los desfiles, el entusiasmo de la multitud se transformó, primero, en asombro y conmoción, luego en estupefacción y finalmente en decidido enfado. ¿Qué había sucedido?

Una figura inesperada había socavado el ánimo de la mayoría allí presente. Se trataba de Arsínoe. Encadenada como una esclava y vigilada por rudos legionarios, la hermosa joven de fulgente piel veía destacarse su indefensión y desamparo. La muchedumbre, indignada, clamó contra César. Pero ¿por qué la hermana pequeña de Cleopatra se encontraba en tal situación?

Hagamos un flashback. Años antes, al fallecer Tolomeo XII, su testamento establecía que Cleopatra y Tolomeo XIII (entonces un niño) gobernarían juntos, además de nombrar a Roma (a la que Egipto pagaba grandes impuestos) tutor mientras durase la minoría de edad de alguno de ellos.

Cleopatra no era, sin embargo, muy popular entre ciertos sectores egipcios. PothinusAquilas, los hombres fuertes del estado, apostaron decidididamente por un reinado deTolomeo XIII en exclusiva, de manera que Cleopatra tuvo que huir, refugiándose en Siria. Consigo se llevó a la jovencísima Arsínoe, de la que la futura amante de César y Marco Antonio desconfiaba.

En esas, Pompeyo arribó al puerto de Alejandría. Acababa de perder la guerra contra César. Lo último que deseaban Pothinus y Aquilas era que la guerra entre cónsules romanos se extiendese por Egipto, es decir, que las tropas de César, persiguiendo a su rival, se estableciesen a lo largo y ancho del Nilo, poniendo en peligro sus planes.

Así que recibieron a Pompeyo y, a traición, lo asesinaron. Pocos días después llegaba César. Aquilas, servil, le mostró la cabeza de Pompeyo esperando que, resuelto aquel problemilla, César decidiese volver a Roma. Pero el conquistador de las Galias necesitaba dinero y además (o por eso mismo) interesándose por los disturbios sucesorios del país, se intituló como mediador del conflicto.

Instalado en un palacio de alejandría, se dice que Cleopatra fue llevada hasta César enrollada en una alfombra. La espectacular aparición causó impacto en el romano. César, bien fuese pensando en términos políticos, bien porque se sintiese seducido por la más célebre nariz de la historia, coronó a Cleopatra como reina única de Egipto.

Aquello fue la gota que colmó el vaso. El país de los faraones estaba harto de los altos tributos con los que Roma lo gravaba. Arsínoe se puso del lado del partido egipcio y la revuelta se extendió. Por un momento, César tuvo que ceder. Nombró a Arsínoe reina de Chipre y volvió a colocar a Tolomeo XIII en el trono junto a Cleopatra.

Mientras, el general Aquilas reunía un ejército en favor de la rebelión. César llamó a las legiones asiáticas y, en el ínterin, tuvo la sagacidad (y la villanía) de incendiar la flota alejandrina como medida preventiva. Ese incendio tuvo consecuencias funestas para la cultura: muchos de los rollos y papiros de la Biblioteca de Alejandría se perdieron para siempre.

A pesar de las disensiones en el seno del mando egipcio, con traiciones y asesinatos, la sangre tolomaica de Arsínoe actuó de catalizador y los alejandrinos acorralaron a César. Pero al final, llegaron las legiones de refuerzo y en la batalla decisiva del 47 a.C. Roma mantuvo su autoridad y Cleopatra se coronó reina.

Arsínoe fue apresada. Tras caminar humillada en el desfile de Roma, César parece que se apiadó de ella. La mandó a Éfeso, al templo de de Artemisa, donde fue recibida como reina. Pero un par de años más tarde César fue asesinado. Y Marco Antonio, a instancias de Cleopatra, envió sicarios para dar muerte a la joven Arsínoe. Moraleja: qué tontos se ponen los hombres cuando las faldas (o una bella nariz de mujer) nublan su cabeza.

Publicado en: Conflictos belicos, Edad Antigua, Historia de Egipto, Historia de Roma

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