
Como la mayoría de Europa, decir quiénes fueron los primeros pobladores de los Balcanes es un asunto difícil. Uno siempre puede decir que fueron los míticos celtas quienes llegaron primero a esta región, o los itinerantes habitantes de las estepas. Lo que está claro es que, cuando en el siglo VI llegaron los eslavos a la región de la antigua Yugoslavia, ya había gente allí. Sin ir más lejos, todos sabemos que Alejandro Magno llegó precisamente a lo que hoy es Macedonia.
Las personas que han llegado a ser conocidas como serbios y croatas, que constituyen la mayoría de las gentes de la región, apenas se distinguían durante la primera parte de la Edad Media. Ambos eran originarios del reino de la Gran Moravia. Fue alrededor del año mil, sin embargo, cuando los croatas y los serbios comenzaron a convertir el cristianismo cada cual a su manera. Los croatas se fundamentaron en el catolicismo, mientras que los serbios se acercaron más a la cristiandad ortodoxa.
Durante el siglo XIV, los otomanos conquistaron gran parte de las tierras eslavas del sur, después de haber ganado una batalla decisiva contra los serbios en Kosovo Polije. Esto provocó el comienzo del dominio otomano, que no concluyó hasta el siglo XIX. Desde entonces, Kosovo ha sido un grito de guerra para los serbios. Sin ir más lejos, Slobodan Milosevic realizó aquí sus mitines para recordar el pasado de su pueblo, sin permitir que los albaneses pisaran la zona.

La historia de la Iglesia es truculenta donde las haya. A su lado, sagas del tipo Falcon Crest o Corrupción en Miami palidecen. Ambición, traiciones, venganza, lujuria, corrupción, arrepentimiento, mezquindad y hasta auténtica piedad condimentan un plato muy del gusto de nuestra época. ¿Cómo es que Hollywood no le mete mano?
Lejos estamos de poder resumir semejante historia en un solo artículo. Preferimos centrarnos en un siglo: el XIV. Jugoso siglo en el que amanece un nuevo día, en algunos lugares de Europa, mientras que en otras latitudes las gentes siguen durmiendo el pesado sueño medieval.
La Iglesia, sin embargo, iba a su aire. Agitada, entre convulsiones, de lleno metida (como casi siempre) en un quiero y no puedo por su relación con los poderes terrenales. Para ella, el siglo XIV es el siglo de los papas de Aviñón: entre 1309 y 1377, Aviñón fue la sede de la Cristiandad: allí moraba el obispo de Roma.

Todas las culturas mesoamericanas tienen un origen común: todas entraron en el continente americano a través del Mar de Bering, hace aproximadamente 40.000 años. Estos primeros pobladores vinieron de Asia y África. Viajaron en pequeños grupos, desplazándose hacia el sur después para cazar animales, buscando unas condiciones de vida más saludables.
Algunos de ellos se quedaron en el norte, y se asentaron en la zona que hoy se conoce como América Central y Sudamérica. Aprendieron a hacer trampas para cazar, y aprovecharon la tierra para establecerse en aquellos lugares donde sentían que tenían el control del medio ambiente. Un poco aislados, les llevó miles de años el poder evolucionar del todo.
Tan pronto como descubrieron que las plantas podían cultivarse y cómo mejorar la agricultura, dejaron de vivir en cuevas y empezaron a construir casas. Dejaron de ser nómadas y se establecieron en un solo lugar. Desarrollaron muchos cultivos importantes y, aunque con diferentes lenguas y costumbres, compartieron ciertos estilos de vida.

Nos permitirán nuestros lectores que hoy pongamos sobre la mesa un tema más local en apariencia, pero que en definitiva define la realidad (es decir, las miserias) de un Régimen. La ocasión nos la brinda una noticia luctuosa: la de la muerte, ocurrida la semana pasada, de Antonio Fontán, del que los obituarios destacaban su condición de primer presidente del Senado en la democracia posfranquista.
Antes de asumir tal cargo, sin embargo, antes incluso de que quien era llamado el Caudillo hubiese abandonado este valle de lágrimas en medio de una sociedad hondamente compungida (nuestros padres sabrán), a Antonio Fontán le cupo la suerte, o la desgracia, de ser el último director del diario Madrid.
El Madrid independiente, como se lo conocía popularmente, intentó el difícil equilibrio no ya de hacer “prensa libre”, algo inimaginable entonces, sino meramente de transitar con cierta dignidad por la senda abierta en virtud de la Ley de Prensa, del año 1966.

Los kurdos son una serie de grupos étnicos situados en muchos países del Oriente Medio y el Asia Central. A pesar del intento de borrarlos de la faz de la tierra, aún persisten, orgullosos de su cultura y sus orígenes. Pero, ¿cuáles fueron precisamente esos orígenes?.
A pesar de los intentos de que los kurdos fueran asimilados por los principales grupos étnicos de los países en los que viven, ellos han logrado conservar su lengua y sus costumbres a lo largo de siglos de agitación política. Los kurdos en realidad son una serie de grupos relacionados, que incluso hablan idiomas diferentes y tienen religiones diferentes.
Hubo un tiempo en el que ocuparon una tierra conocida como el Kurdistán, que existía en las cordilleras de Zagros y Taurus, desde Turquía hasta Irán. Más tarde continuaron extendiéndose por todo Oriente Medio y Asia Central. Desde entonces, han sido absorvidos por muchos países y se les ha prohibido desde siempre su autonomía.

Apasionante resulta la etapa histórica que denominamos con la perífrasis de “las invasiones bárbaras”. Aunque los bárbaros penetran el Imperio romano desde muy pronto, por invasiones bárbaras más bien se entiende el período que comienza a finales del siglo IV. Entonces aparecen, en la escena europea, unos nómadas terribles que van a provocar una reacción en cadena cuya consecuencia última no fue sino la posterior caída del Imperio: los hunos.
La relación entre romanos y bárbaros en la frontera norte de Roma, en el limes del Imperio, existió siempre. Si el cariño viene del roce, también el contacto con la cultura sedentaria que dominaba el mundo conocido tuvo que imponer un cambio de categorías entre los pueblos nómadas más próximos a las guarniciones del limes. Roma, por su parte, utilizó a los bárbaros para cubrir puestos del ejército y, poco a poco, fue dejando que, en un número limitado, se asentasen como colonos en las tierras de aquende la frontera.
A mediados y finales del siglo III el Imperio se resiente de sus problemas internos y hay una primera oleada, más que de invasiones, de excursiones guerreras y saqueos. Pero todavía Roma sería capaz de enderezar un poco el rumbo, de la mano de los últimos emperadores fuertes. Ya Aureliano (270-275) había demostrado capacidad de gobierno pero será a partir de Diocleciano (284) cuando Roma conozca media centuria de relativo orden.

Hoy se me viene a la cabeza el problema, quizás demasiado reciente, del apartheid en Sudáfrica motivado por el próximo estreno de la película Invictus en España el 29 de enero. Una película histórica más, diréis, pero de una historia que a más de uno puede resultar sorprendente y muy significativa de una cruenta y tensa época que se vivió en aquel país no hace demasiados años, en el 1995.
Pero remontemos un poco en la reciente Historia. El apartheid fue un sistema político utilizado en Sudafrica para jerarquizar su sociedad, dividiéndola y separándola por razas, de tal modo que la preponderancia siempre la tenían los blancos. Mediante aquella política, sobre todo los negros, quedaron marginados a vivir en pequeñas zonas de las que apenas podían salir, restringiendo al mínimo todos sus derechos humanos y sociales.
Desde sus comienzos oficiales, en el año 1944, aquel estadio político fue reforzándose año tras año al mismo tiempo que iba sufriendo el rechazo de la comunidad internacional, quien incluso llegó a sancionar y embargar a Sudáfrica en el año 1977 y a sufrir sanciones económicas de la ONU en 1985. Sin embargo, la presidencia de De Klerk, en el año 1991 fue importante para las negociaciones entre las diferentes etnias del país con el claro objetivo de finalizar con aquellas diferencias raciales.

En 1979, la invasión de Afganistán por parte de la Unión Soivética se convirtió en uno de los hechos más importantes del siglo XX, y que finalmente dio a luz al régimen talibán en Afganistán. Al entrar en suelo afgano, los rusos habían subestimado la dificultad del terreno, por lo que no pudieron conquistar toda Afganistán. Después de todo, ni el propio Alejandro Magno había podido hacerlo.
Los soviéticos estaban tratando de ampliar sus territorios hacia el sur, y habían estado apoyando al gobierno comunista de Mohammad Najibullah, que en abril de 1978 había tomado el poder tras un Golpe de Estado. Aunque la llegada a la presidencia de Najibullah trajo a Afganistán la construcción de más escuelas, una nueva Constitución, y más libertad de expresión, el líder nacido en Kabul siempre contó con la feroz oposición de muchos rebeldes y señores de la guerra, como Ahmad Shah Maasoud, que se oponía al comunismo.
Con su gobierno tambaleándose, Najibullah quiso que los soviéticos intervinieran. Lo que no sabía era que el círculo de allegados del Primer Ministro soviético, Leonid Brezhnev, había ya decidido que las tropas soviéticas entrasen en Kabul el día de Navidad de 1979.

La Conferencia de Algeciras en 1906 significó una nueva vuelta de tuerca a la situación colonial del extremo noroccidental de África. Ese statu quo fue ratificado a finales de 1912 con un acuerdo hispano-francés, que fijó los límites de lo que sería el protectorado español en el norte de Marruecos. Buena parte de esa franja se conoce con el nombre de las montañas que la coronan: el Rif.
Las tribus nómadas de bereberes han habitado la hosca y dura región del Rif desde hace siglos. A prinipios del XX, las autoridades españolas creían contar con aliados (los llamados entonces moros amigos) en las cabilas (las tribus). El mismo Abd-el-Krim había sido honrado por el gobierno español con varias condecoraciones antes del estallido de la Primera Guerra Mundial.
Pero cuando España quiso hacer efectivas todas las prerrogativas que conllevaba el protectorado, en otras palabras, cuando directamente intentó completar la ocupación militar de la región, comprendió que la simpatía mostrada por algunos de los líderes rifeños era una mera formalidad. La buena disposición de los jefes tribales jugaba con la baza de la debilidad española, que se había hecho evidente tras los rapapolvos de 1898.

La vida de un monje en la Edad Media se centraba sobre todo en la oración y la observancia religiosa. Desde el primer servicio del día a las últimas oraciones de la noche, cada periodo de 24 horas seguía el mismo patrón. La única vez que se rompía esta rutina era cuando la iglesia celebraba lo que se conocen como los tiempos fuertes, como la Pascua o la Navidad. En ese momento, los monjes se podían permitir lujos como comer carne y beber cerveza.
El día del monje medieval comenzaba antes del amanecer, con los maitines, el primer servicio del día, alrededor de las 02.00 de la madrugada. Los monjes abandonaban sus dormitorios y, alumbrados con velas, bajaban las escaleras para entrar en la iglesia a oscuras a celebrar el primer servicio del día. Después, podían volver a la cama a descansar, hasta el nuevo servicio, justo al alba, después de un simple desayuno de pan. A las 09.00 horas se celebraba el tercer servicio religioso.
Los monjes se reunían cada día en la Sala Capitular para discutir los asuntos internos, incluidas las cuestiones de disciplina, los problemas en el monasterio y las noticias del mundo exterior que afectaban a la comunidad, como por ejemplo la muerte de un rey. Después salían a comer, cosa que hacían oyendo algún pasaje de la Biblia.