
Como es de sobra conocido, la Roma Clásica, cuya historia se desarrolló a lo largo de un milenio, fue primero monárquica, luego republicana y finalmente imperial.
(Por cierto: este esquema se ha utilizado después en múltiples ocasiones para explicar la deriva de otros pueblos y naciones. En nuestros días, por ejemplos, hay quienes dicen descubrirlo en el caso de unos Estados Unidos cuya primera fase monárquica se correspondería con el tiempo fundacional de las colonias americanas sujetas todavía al Rey inglés).
Volviendo a Roma, Augusto fue el emperador número 1, el primero de la lista, si bien a veces se nombra al propio Julio César como el número 0, una especie de protoemperador. Hoy, sin embargo, nos fijamos en uno de los pocos emperadores de ascendencia hispana y cuyo nombre aparece en una magnífica novela de la gran Marguerite Yourcenar: Adriano, emperador entre el 117 y el 138.

Ya estamos deseosos de que lleguen los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Pero, ¿sabéis cuál fue el origen de los Juegos Olímpicos?. Me imagino que una ligera idea tenéis. Los primeros documentos escritos datan de los historiadores griegos del siglo V a.C, quienes sitúan los Juegos Olímpicos 300 años antes, en la ciudad de Olimpia, santuario de la península del Peloponeso.
Todo surgió concretamente en el año 776 a.C. Aunque algunos piensen que, incluso antes, ya hubo algo parecido, con los juegos fúnebres que relata Homero en la Ilíada, tras la muerte de Patroclo. Por tanto, los griegos estarían ya familiarizados con el atletismo en el siglo VIII o IX a.C.
Según el historiador Hippias de Elis, la primera carrera de atletismo que se corrió en Grecia fue la prueba de los 200 metros, dando varias vueltas al estadio. A partir de ahí se originaron carreras más largas, las luchas, el pentatlón y las carreras de carros y caballos, llegando a un total de hasta 24 competiciones en los Juegos. Los ganadores de cada modalidad eran coronados con la célebre ramita de olivo sagrado, que crecía en el templo de Zeus. De ahí daban una vuelta de honor al estadio, y sus gestas eran cantadas por los principales poetas del momento.

El motín de Esquilache presenta aristas diversas que lo hacen interesante objeto de análisis histórico:
(A). Sus causas declaradas o supuestas, que van de lo aparentemente banal (¿cuestión de moda?) a lo perentorio (el hambre). (B). Sus protagonistas, ya agentes activos (el pueblo llano), ya en la sombra (¿nobleza, clero?). Y, en definitiva, (C). tanto sus resultados inmediatos (destierro de Esquilache) como sus consecuencias a medio plazo (expulsión de los jesuitas).
Todo ello coadyuva para que nos mantengamos en guardia, intentando no caer en simplificaciones absurdas. El breve relato de los acontecimientos dice así:
Esquilache, al que el pueblo tenía por extranjero advenedizo y que estaba en el punto de mira de los privilegiados (curiosa coincidencia, ¿no?), y del que por cierto tampoco cabe hacer hagiografía al uso, que lo santifique y loe con todas las virtudes habidas o por haber, fue nombrado secretario de Hacienda en 1763.

Seguro que si os hablamos de la Dinastía Tudor a más de uno os sonará. Pues bien, los Tudor fueron y son quizás la familia real inglesa más famosa de la historia. En total hubo cinco reyes Tudor, Enrique VII, Enrique VIII, Eduardo IV, María I, e Isabel I. De todos ellos, el más conocido sin duda es Enrique VIII, por su gran cantidad de esposas, y María, por todo lo contrario, no tener marido.
- Enrique VII
Enrique VII reinó en Inglaterra entre 1485 y 1509. Fue hijo de un noble galés y de Margarita Beaufort, descendiente de Eduardo III. Precisamente, gracias a su madre accedió al trono inglés. Pasó gran parte de su infancia en la Casa de York, y en 1485 luchó por la corona con Ricardo III en la Guerra de las Rosas. Para consolidar su reinado, se casó con Isabel de Your, hija de Eduardo IV.
- Enrique VIII
Reinó en Inglaterra entre 1509 y 1547. Puede ser tal vez uno de los reyes más infames, pero a la vez más conocidos, de toda Europa. Curiosamente, no estaba destinado a ser rey, ya que era el segundo hijo. Pero, la prematura muerte de su hermano mayor, Author, lo elevó al trono. Ya como rey se casó con Catalina de Aragón, esposa de su hermano fallecido, para más inri.

Nos situamos en el llamado “Día de la Infamia”: el día 7 de diciembre de 1941. Para muchos de vosotros quizás sólo sean unos simples datos, pero más de uno dirá rápidamente: Pearl Harbor… Así es, ese día y ese año aún late en la memoria de los estadounidenses como una de las fechas más recordadas de su reciente historia.
Se puede decir que el ataque de Pearl Harbor cambió el devenir del mundo hasta entonces. Poco antes de las 08.00 de la mañana, una escuadrilla de aviones japoneses se acercaron sin previo aviso a la base naval norteamericana, y comenzó todo.
La furia de fuego japonesa provocó el hundimiento de la mitad de los barcos que en ese momento se hallaban en la base naval de Pearl Harbor. El ataque no duró mucho tiempo, pero fue eficaz. Dos mil marines estadounidenses murieron en el ataque, y más de mil doscientos resultaron heridos. Aviones, barcos y otros equipos estadounidenses fueron seriamente dañados.

Es difícil no caer en sentimentalismos o incluso moralizaciones a la hora de hablar sobre la “conquista del Oeste”. Lo que se confrontará entonces serán nativos contra colonos, vida nómada contra prácticas sedentarias, propiedad común contra propiedad privada, ecologismo contra explotación. En una palabra, indios contra “europeos” (pues…¿no eran acaso las Colonias Americanas una derivada europea?).
Hombre blanco, varón, heterosexual, cristiano y padre de familia: he aquí quien ha escrito la historia, imponiéndola a golpe de sangre, sudor y lágrimas al resto de pueblos (y a todas las mujeres, incluidas las propias). Ya fueran españoles, ingleses, franceses, holandeses, alemanes o, al fin, estadounidenses: la historia es suya, el mapa del mundo es suyo, las formas de gobierno que proliferan, incluso el mismo dios al que se venera a lo largo y ancho del planeta.
Vistas así las cosas, los indios americanos son sólo una víctima más. A finales del siglo XVIII nace EEUU. Entonces, las antiguas colonias británicas ocupaban básicamente la franja atlántica, hasta la cordillera de los Apalaches. A partir de ésta comenzaba el Oeste, un inmenso territorio habitado por numerosas tribus de nativos cuyo número total podría rondar los 3′5 millones.
Viéndolos hoy en día, parece increíble pensar que Cuba y Estados Unidos hayan tenido durante tantos años una historia comercial tan enorme. Cuba le vendía a Estados Unidos millones de toneladas de azúcar, mientras que desde Estados Unidos viajaban a Cuba otras toneladas de otras mercancías. La relación comercial parecía muy estable…
Sin embargo, las cosas empezaron a deteriorarse en 1958, cuando Fidel Castro y sus rebeldes declararon la guerra al gobierno de Batista. Esta declaración de guerra provocó que Castro haya gobernado en Cuba desde ese año. Comenzó lo que hoy se conoce como el embargo de Estados Unidos a Cuba.
Pero, ¿todo comenzó por esta causa?. Realmente todo tuvo su origen cuando el gobierno cubano, después del exilio de Batista, se alió con la Unión Soviética. Los Estados Unidos, ante este hecho, dejaron de comprar los millones de toneladas de azúcar que compraban cada año a Cuba. Sin embargo, la Unión Soviética salió al paso y dijo que serían ellos quienes le comprarían el azúcar a Cuba.

Ortega dejó escrito aquéllo de que ser de derechas, como ser de izquierdas, es una de las formas que tiene el hombre de ser imbécil. Es un certero diagnóstico de la época en la que vívía y lo es todavía más de la nuestra.
Definir la naturaleza humana, las complejidades de cada hombre y mujer de carne y hueso, según los periódicos que lleve bajo el brazo o la emisoria de radio que sintonice por las mañanas (pues a eso acaba reduciéndose la presunta lucha ideológica que campa a sus anchas en el ámbito de la política moderna que no es más que politiqueo) es de un reduccionismo contumaz y miserable.
Eso ocurría en la II República, sí, desde esa perspectiva cabe hablar del tanto monta monta tanto de dos facciones. Pero sólo desde esa perspectiva. El revisionismo que no cesa en su asalto al pensamiento de nuestra historia no es cosa de ayer, ha existido siempre (de hecho no deja de ser, esperpénticamente, un revisonismo de sí mismo, pues durante mucho tiempo ha dominado la línea oficial de interpretaciones del pasado). Sin embargo, la tesitura de su voz ha cambiado. Ya no se esconde, ya no pretende seducirnos con la voluptuosidad del sentido común, de la necesidad de los tiempos, sino que se muestra brutal, arbitrario, mentiroso.
¡Hay tanto por decir, son tantas las urgencias…! Sin embargo, ahora solamente se trata de aclarar el papel de las democracias europeas, Francia e Inglaterra en esencia, ante el desarrollo de los acontecimientos que siguieron al golpe del 36. A la República la dejaron a la merced no del ejército sublevado, sino de las potencias del Eje.

Estamos en México, en 1810. España está un tanto distraída con los efectos de la Revolución Francesa y las guerras de guerrillas con Napoleón, quien campaba a sus anchas, o eso quería, por suelo hispano. Ésto, trasladado al otro lado del charco, suponía que España apenas diera cuenta de sus posesiones en América. Una de esas posesiones, México, comienza a plantearse la posibilidad de crear su propio gobierno local.
Hacía falta una oportunidad, una excusa que provocara el levantamiento mexicano y con ello el movimiento independentista. Esta llegó cuando el rey español Fernando VII fue derrocado, y en su lugar colocaron a José Bonaparte, el conocido por los españoles como Pepe Botella. A partir de ahí, México comienza su lucha por la independencia.
Comenzaron a surgir movimientos que propagaron la idea de la independencia, como el Grupo Literario de Querétaro, uno de los que logró sembrar las semillas de la revolución entre la población. El grupo alentaba a reclutar a las clases más bajas, como los indios y mestizos, junto a los grandes pensadores, para la causa mexicana. De hecho, fue el Padre Miguel Hidalgo y Costilla, miembro de las clases bajas mexicanas, quien se puso al frente de la revolución.

El derrumbe del Imperio romano, es decir, el colapso final de una entera cosmovisión como la representada por una larga Edad Antigua, es uno de los momentos más singulares y difíciles de acotar de toda la historia. Había una clara inercia de inestabilidad y decadencia desde principios del siglo III. Sin embargo, el proceso no fue lineal y estuvo sujeto a variaciones.
De hecho, aquel mundo todavía conoció momentos de relativa estabilidad. Tras la crisis del siglo III, el Imperio romano afronta una etapa decisiva. Los manuales de historia han solido ver, a partir del año 284, un periodo restaurador en el que el poder imperial se consolida de la mano de dos emperadores enérgicos que garantizarían un sistema de gobierno durante casi dos siglos más en Occidente y nada menos que mil años en Oriente.
Esta fase histórica es la del Bajo Imperio romano, también llamada Antigüedad Tardía. Esos dos emperadores decisivos son Diocleciano y Constantino, que pese a responder de forma tan diferente a algunos de los retos del momento (por ejemplo, la relación con el cristianismo), coincidieron en su logrado intento de acabar con los tumultuosos años precedentes.