¿Quién no ha oído hablar alguna vez de Guillermo Tell? ¿Quién no recuerda la historia de aquel hombre obligado a disparar una flecha contra una manzana colocada sobre la cabeza de su propio hijo? Yo mismo escuché esa historia siendo niño y durante mucho tiempo pensé que no era más que un cuento popular. Solo años después descubrí que Wilhelm Tell era mucho más que un personaje de leyenda: para millones de suizos es el gran símbolo de la libertad y de la independencia de su país.
Lo curioso es que, al igual que ocurre con Robin Hood, nadie ha podido demostrar que Guillermo Tell existiera realmente. No hay documentos contemporáneos que hablen de él y las primeras referencias aparecen más de un siglo después de los supuestos acontecimientos. Eso no significa necesariamente que todo sea inventado, sino que la realidad histórica y la tradición popular terminaron mezclándose hasta crear uno de los grandes mitos nacionales de Europa.
Porque la historia de Guillermo Tell no trata únicamente de un arquero excepcional. En realidad habla del nacimiento de Suiza.
La Suiza de finales del siglo XIII
Para comprender la importancia de Guillermo Tell hay que viajar hasta finales del siglo XIII. En aquella época Suiza no existía como país. El territorio estaba dividido en numerosos valles y pequeños cantones alpinos cuyos habitantes disfrutaban de una considerable autonomía.
Sin embargo, aquella situación comenzó a cambiar cuando la poderosa Casa de los Habsburgo, una de las grandes dinastías europeas, intentó reforzar su dominio sobre la región. Su objetivo era controlar los importantes pasos alpinos que comunicaban el norte y el sur de Europa, especialmente la ruta del paso de San Gotardo, fundamental para el comercio y los movimientos militares.
Los habitantes de cantones como Uri, Schwyz y Unterwalden veían peligrar sus antiguos privilegios y libertades. Aquellas tensiones desembocaron en una alianza entre los tres territorios que tradicionalmente se considera el origen de la Confederación Suiza. El llamado Pacto Federal de 1291 es, para muchos historiadores, el primer paso hacia la futura Suiza.
Es precisamente en ese ambiente donde la tradición sitúa la figura de Guillermo Tell.
El hombre que se negó a inclinar la cabeza
Según cuenta la leyenda, Guillermo Tell era un campesino de Bürglen, en el cantón de Uri, famoso por su extraordinaria habilidad con la ballesta. No era un noble, ni un militar, ni tampoco un líder político. Era simplemente un hombre libre acostumbrado a vivir en las montañas.
Todo cambió el día en que el gobernador austríaco Hermann Gessler ordenó colocar su sombrero sobre un poste en la plaza del pueblo. Todo el que pasara debía inclinarse ante él como símbolo de obediencia a la autoridad de los Habsburgo. Tell pasó de largo sin rendir homenaje y aquella desobediencia fue considerada un desafío directo al gobernador.
La prueba de la manzana
Como castigo, Gessler decidió poner a prueba la fama del arquero. Ordenó que colocaran una manzana sobre la cabeza del hijo de Guillermo Tell y le dio una única oportunidad para atravesarla con una flecha. Si acertaba, ambos quedarían libres. Si fallaba o se negaba a disparar, morirían.
La escena se ha convertido en una de las imágenes más famosas de toda la Historia europea: Tell preparó su ballesta y, ante la mirada de todos los presentes, lanzó la flecha. La manzana quedó partida en dos. Solo entonces el gobernador descubrió que Guillermo llevaba una segunda flecha escondida entre su ropa.
Cuando le preguntó para qué era, Tell respondió con una sinceridad que probablemente no fue la más prudente.
—Si hubiera matado a mi hijo, esa segunda flecha habría sido para vos.
Naturalmente, aquella respuesta no hizo ninguna gracia al gobernador.
La huida y la muerte del gobernador
Guillermo Tell fue detenido inmediatamente y conducido en barco hacia una prisión, pero durante la travesía una fuerte tormenta sorprendió a la embarcación. Como Tell era un experto navegante de los lagos alpinos, los propios soldados le pidieron ayuda para salvar el barco. Aprovechando la ocasión, consiguió escapar.
Tiempo después, según continúa la leyenda, esperó al gobernador Gessler en un camino estrecho conocido como el Hohle Gasse y lo mató de un certero disparo con su ballesta.
A partir de ese momento comenzó la rebelión abierta de los cantones contra el dominio de los Habsburgo.
¿Qué hay de cierto en esta historia?
Aquí es donde la Historia y la leyenda empiezan a separarse.
No existe ninguna prueba documental de que Guillermo Tell viviera realmente ni de que estos acontecimientos ocurrieran tal y como los conocemos. De hecho, los primeros relatos escritos sobre él aparecen durante el siglo XV, alrededor de ciento cincuenta años después de los hechos que narran.
Muchos investigadores consideran que algunos episodios proceden incluso de antiguos relatos escandinavos y germánicos, y especialmente la famosa prueba de disparar a un objeto colocado sobre la cabeza de un niño, un motivo que aparece en otras tradiciones medievales.
Sin embargo, eso no significa que el trasfondo histórico sea falso pues sabemos que los cantones alpinos mantuvieron importantes conflictos con los Habsburgo y que durante aquellos años fueron consolidando una alianza que terminaría convirtiéndose en la Confederación Suiza. Es muy posible que la memoria colectiva acabara concentrando en un único personaje las acciones y el espíritu de resistencia de muchos hombres anónimos.
Guillermo Tell y el nacimiento del mito nacional
Con el paso de los siglos la figura de Guillermo Tell fue creciendo. Cronistas, poetas, pintores y escritores fueron enriqueciendo la historia hasta convertirla en el gran símbolo de la libertad suiza. Durante la Reforma protestante, y más tarde durante la Revolución Francesa y el siglo XIX, su imagen fue utilizada como ejemplo de la lucha contra la tiranía.
La obra teatral Guillermo Tell, escrita en 1804 por el dramaturgo alemán Friedrich Schiller, dio a conocer definitivamente la leyenda en toda Europa. Décadas más tarde, la célebre ópera de Gioachino Rossini terminó por convertir al arquero suizo en un personaje universal.
Hoy es imposible recorrer Suiza sin encontrarse con estatuas, monumentos, murales o referencias a Guillermo Tell. En Altdorf, por ejemplo, una gran estatua recuerda al legendario arquero junto a su hijo, mientras que muchos visitantes recorren los lugares donde, según la tradición, sucedieron los acontecimientos.
Una leyenda que ayudó a construir un país
Quizá Guillermo Tell nunca existiera. Quizá jamás hubo una manzana, ni un sombrero sobre un poste, ni una flecha disparada contra un gobernador austríaco. Pero eso no resta importancia a su historia.
Porque las naciones no solo se construyen con batallas y documentos; también lo hacen con símbolos capaces de unir a generaciones enteras. Y durante más de quinientos años, Guillermo Tell ha representado para los suizos el valor, la independencia y la defensa de la libertad frente al poder.
Al final, esa es precisamente la fuerza de las grandes leyendas: aunque no podamos demostrar que ocurrieron exactamente como se cuentan, terminan formando parte de la Historia de los pueblos que las hicieron suyas.
Para saber más sobre la historia suiza: