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La conquista del Oeste

Es difícil no caer en sentimentalismos o incluso moralizaciones a la hora de hablar sobre la «conquista del Oeste». Lo que se confrontará entonces serán nativos contra colonos, vida nómada contra prácticas sedentarias, propiedad común contra propiedad privada, ecologismo contra explotación. En una palabra, indios contra «europeos» (pues…¿no eran acaso las Colonias Americanas una derivada europea?).

Hombre blanco, varón, heterosexual, cristiano y padre de familia: he aquí quien ha escrito la historia, imponiéndola a golpe de sangre, sudor y lágrimas al resto de pueblos (y a todas las mujeres, incluidas las propias). Ya fueran españoles, ingleses, franceses, holandeses, alemanes o, al fin, estadounidenses: la historia es suya, el mapa del mundo es suyo, las formas de gobierno que proliferan, incluso el mismo dios al que se venera a lo largo y ancho del planeta.

Vistas así las cosas, los indios americanos son sólo una víctima más. A finales del siglo XVIII nace EEUU. Entonces, las antiguas colonias británicas ocupaban básicamente la franja atlántica, hasta la cordillera de los Apalaches. A partir de ésta comenzaba el Oeste, un inmenso territorio habitado por numerosas tribus de nativos cuyo número total podría rondar los 3’5 millones.

Entre los Apalaches y el Pacífico hay una distancia que se mide en miles de kilómetros. Los blancos la recorrerían a lo largo del siglo XIX con velocidad asombrosa, si tenemos en cuenta que durante la primera mitad ni siquiera existía ferrocarril. Los damnificados fueron, claro, los indios.

El líder de los shawnee, el gran Tecumseh, fue de los primeros en advertir el peligro. Buscó una gran alianza de naciones indias entre la frontera canadiense y México, un anillo de protección que rodease las colonias. Pero su muerte en combate, en 1813, supuso el fin de una verdadera resistencia al avance de los blancos.

Éstos, mientras tanto, se entregaban a la epopeya de la colonización. Alguna audacia alentaba en tales hombres, hay que reconocerlo. Largas caravanas de carreteras partían desde las ciudades del Missouri dirección Oeste, en un viaje que duraba medio año, al menos para llegar hasta Oregón o California. Los estadounidenses tenían claro lo que hacer: extendernos a través del continente designado por la Providencia para el libre desarrollo de nuestros millones de habitantes, que se multiplican cada año, como reflejaba un conocido documento de la época.

A tal fin, las autoridades federales impulsaban un política agresiva que consistía en vender tierras a bajo precio a quienes estuviesen dispuestos a ser colonos. Los flujos aumentaron con las distintas fiebres del oro, a partir de 1848, y todavía más con la introducción del ferrocarril, unos años más tarde.

Los indios se veían escorados cada vez más. Además la caza del bisonte, probablemente alentada en cuanto que tales animales eran no sólo un símbolo sino también la base alimenticia de muchas de las tribus, pintaba un panorama negro para los nativos (se calcula que a mediados de siglo había entre 50 y 70 millones de bisontes: en 1883 difícilmente habría mil).

El canto del cisne de la cultura india sucedió en Little Bighorn, cuando guerreros cheyenne, suix y arapahoes acorralaron al teniente coronel Custer y acabaron con su vida y con la de todos los soldados (en total 262 muertos) que estaban con él en poco más de una hora. La reacción de los blancos, enfurecidos, fue terrible…