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El grito, el cuadro más angustioso del Arte Contemporaneo

Edvard Munch nació en Noruega en 1863 en el seno de una familia humilde, desde los primeros años de su infancia la desgracia y la aflicción le siguieron, ve morir a su madre cuanto contaba cinco años y a su hermana siete años después, víctimas las dos de la tuberculosis.

Otras circunstancias como el fracaso ante las mujeres o sus problemas con el alcohol marcaron su carácter depresivo e introvertido que le llevó a refugiarse en sus pinturas donde mostró sus traumas interiores.

En sus cuadros Munch intenta reflejar angustia, tormento, el sentimiento trágico de la vida, la ansiedad todo ello mostrado con una subjetividad enorme y utilizando las formas y el color como medio básico de expresión.

El cuadro “El grito” forma parte de una serie titulada “El sufrimiento de la vida” donde pretendió mostrar sus experiencias sobre el amor, la enfermedad, la muerte y la naturaleza. Munch describió la escena que le inspiró de este modo:

Caminaba yo con dos amigos por la carretera, entonces se puso el sol; de repente, el cielo se volvió rojo como la sangre. Me detuve, me apoyé en la valla, inexplicablemente cansado. Lenguas de fuego y sangre se extendían sobre el fiordo negro azulado. Mis amigos siguieron caminando, mientras yo me quedaba atrás temblando de miedo, y sentí el grito enorme, infinito, de la naturaleza

El cuadro en sí está ocupado por una figura central que se tapa los oídos en un gesto desesperado de angustia. Su rostro, que recuerda a una calavera, y su cuerpo están deformados, al igual que el espacio que le rodea. Por detrás de la figura aterrada hay dos personas vestidas de negro.

El artista ha sido capaz de hacernos oír el grito y a la vez lograr que nos identifiquemos con el terror que muestra el protagonista y sintamos como nuestra su angustia gracias a una composición agresiva, con colores fuertes y contrastados que llaman la atención del espectador.

Las líneas curvas del hombre y la naturaleza contrastan con la diagonal formada por el puente, pero todas tienen la particularidad de converger en el centro haciendo que la vista se nos fije en la figura central.

El cuadro se encuentra en el Museo Munch de Oslo, de donde fue robado en agosto de 2004 y recuperado dos años después.