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Viriato y las guerras lusitanas

Los cronistas romanos nos hablan de los lusitanos a principios del siglo II a.C. por vez primera. No será, sin embargo, hasta unas décadas más tarde que Roma empieza a considerarlos un verdadero incordio.

Porque en 155-154 a.C. los lusitanos se echan al monte. En realidad, inaugurando de alguna forma el célebre bandolerismo hispano, aquellos “bárbaros” que se guarecían más allá de la Hispania Ulterior, desde el Duero para abajo e incluyendo gran territorio de la actual España occidental, constituían bandas que se limitaban a empresas de pillaje en propiedades y villas romanizadas.

Más o menos. Pues también sabían unirse bajo un gran líder. Así sucederá cuando aparezca la figura de Viriato. Ahora bien, este héroe lusitano no se entiende sin la vileza (y torpeza) cometida antes por el gobernador romano de la Hispania Ulterior, Servio Galba.

En 150 a.C. miles de guerreros lusitanos decidieron rendirse ante la ofensiva de Roma. Galba urdió una estratagema para, con engaños, reunirlos a todos en determinado lugar. Luego hizo que les entregasen las armas y, finalmente, ordenó a los legionarios que penetrasen en la muchedumbre causando el mayor número de bajas. Se calcula que 10000 lusitanos fueron muertos y más del doble esclavizados.

Uno de los pocos que consiguieron escapar de la masacre, dice Apiano, fue Viriato. ¿Pero quién era Viriato? Poco es lo que sabemos de su vida antes de la masacre de Galba. Su origen era humilde. Había sido pastor, quizá hasta la edad adulta en la que, como otros jóvenes indígenas de Hispania, se habría convertido en bandolero.

En todo caso, en 150 a.C Viriato la edad de Viriato rondaría la veintena. La acción de Galba exarcebó los ánimos de los belicosos lusitanos. La afrenta debía ser vengada. Los huidos, entre ellos Viriato, lograron rearmarse y formar un grupo más numeroso.

Al mismo tiempo, empezaron a ensayar tácticas de guerrilla contra la potencia romana. Un nuevo gobernador, Cayo Vetilio, los cercó. En un primer momento, los lusitanos aceptaron la rendición pero es entonces cuando Viriato decide firmar en las páginas de la historia.

El gran caudillo convenció a sus compatriotas: no debemos rendirnos, grita, ya sabemos qué es lo que hacen los romanos. Aquel pseudoejército de bárbaros decidió de esa manera ponerse en sus manos proclamándolo general, jefe. Así las cosas, Viriato liberó a los suyos del cerco de Vetilio. Su estrella acababa de nacer.

Y su fama. Otros habitantes de Hispania, lusitanos o no, empezaron a ver en la figura de Viriato un no sé qué que los forzaba a seguirlo, a empuñar las armas tras su estela. Serían ocho años de guerra contra Roma, con sonadas victorias (pero también derrotas), hasta que en el 140 a.C Viriato forzó al enemigo a firmar un tratado de paz refrendado por el Senado.

El tratado representaba, sin embargo, una humillación para Roma. De modo que otro gobernador, Servilio Cepión, obtuvo plenos poderes para acabar con el caudillo lusitano. Lo logró, pero solamente al precio de la traición: comprando a tres de su lugartenientes para que, con nocturnidad y alevosía, lo asesinasen.