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Lucrecia Borgia: la fatalidad de ser una Borgia

Mala fama tiene esta mujer: Lucrecia Borgia. Femme fatale, devora hombres, mujer de oscuras intenciones, cínica, astuta, falsa, y un largo etcétera que, según muchos historiadores, no hacen justicia a la bella y culta persona que fue en realidad. Pero la política italiana de principios del siglo XV era todo menos que tranquila y los Borgia, de origen valenciano, demostraron una ambición sin límites que los llevó de la nada al absoluto para volver a la nada en unos pocos decenios.

Así, Lucrecia tuvo que sufrir y a veces actuar siguiendo el ritmo impuesto por las ambiciones de su padre y de su hermano. En esta biografía repasaremos los hitos vitales más importantes de Lucrecia e intentaremos hallar cierta ecuanimidad a la hora de tratar esta fascinante figura femenina.

En 1480, los astrólogos llamados por el cardenal Rodrigo Borgia a su casa de Roma para conocer el futuro de una recién nacida auguraron para la criatura un célebre destino. La recién nacida era la propia Lucrecia Borgia, hija ilegítima del entonces cardenal y una amante, Vannozza Cattanei. Las crónicas nos dicen dos cosas de Vanozza: era muy bella…y estaba casada.

La niña heredó la belleza de su madre, con la que vivió sus primeros años. Sin embargo, pronto Rodrigo Borgia se cuidó de que la sangre de su sangre se mudase a su propia casa, entiéndase formidable palacio.

Allí fue Adriana Orsini, una mujer joven, ya viuda, quien representó el papel de educadora para Lucrecia, enseñándole artes, ciencias, idiomas, música y los modales necesarios para que una muchacha de alta cuna conquistase toda corte que se le pusiese por delante.

Y así pasaban los años cuando, en agosto de1492, unos meses antes de que Colón llegase a América, el padre de Lucrecia fue elegido papa, convirtiéndose en una de las figuras más poderosas de Italia con el nombre de Alejandro VI.

Sin embargo, es dudoso que tal suceso fuese afortunado para la adolescente Lucrecia. Porque a partir de entonces tendría que asumir un rol no siempre querido: un as en la manga de Alejandro VI que éste utilzaba según más le convenía.

En ese contexto hay que situar el enlace convenido entre Lucrecia y Giovanni Sforza, sobrino del duque de Milán. Así se garantizaba Alejandro un aliado en el norte de Italia. La boda se celebró en junio de 1493: Lucrecia apenas contaba con trece años.

Pero la política, ah, siempre la política…(o sea, la guerra). El rey francés invadió el norte de Italia y el duque de Milán se declara su aliado contra los intereses del Vaticano (entonces Estados Pontificios). Los Borgia anularon el matrimonio (excusa: no fue consumado).

Antes de eso, César y Juan habían informado a su hemana Lucrecia de que su marido debía morir. Lucrecia, sin embargo, se lo contó a Giovanni, su esposo, quien pudo huir y llegar a Milán.

A partir de aquí, la vida de Lucrecia fue una vorágine de acontecimientos determinados sempre por las ambiciones de su familia: retiro en un convento, muerte de su hermano Juan y fulgurante ascenso de su otro hermano César, y nuevo matrimonio político con Alfonso de Aragón en 1498.

Pero apenas dos años más tarde, los Borgia (en especial César) se aliaron con Francia: el esposo de Lucrecia convertido, como antaño, un lastre. Alfonso acabó siendo estrangulado cuando se recuperaba de un primer intento de asesinato.

Y a rey muerto, rey puesto. Los Borgia, una vez más, le buscaron un marido útil a lucrecia: Alfonso d’Este, heredero del duque de Ferrara. Esta vez, el matrimonio duró. Lucrecia hizo de Ferrara una de las cortes más refinadas y distinguidas de Europa.

No solo eso sino que, alejada por fin de intrigas y politiqueos, consiguió sobrevivir tanto a su padre como a su hermano. Lucrecia falleció por las complicaciones de un difícil parto en 1539. Tenía 39 años. Lo que no sabía Lucrecia es el ensañamiento que la historia tendría con ella. Por ser una Borgia.