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Los últimos meses de Adolf Hitler

Nos trasladamos hasta enero de 1945, momento determinante en la vida de Adolf Hitler. El mandatario alemán abandonaba su cuartel general en Prusia Oriental y se veía obligado a mudarse a Berlín y a la Cancillería del Reich. El Ejército Rojo comenzaba a ceñir su sombra sobre Alemania, tanto es así que apenas un mes más tarde, Hitler tuvo que guarecerse en el refugio antiaéreo de la Cancillería.

Ese año de 1945 no parece que empezara muy bien para el germano. Si en enero tuvo que echarse atrás, en febrero, después de tanto y tanto gritar en sus proclamas políticas, tuvo que someterse a una operación en sus deterioradas cuerdas vocales. Imaginaros lo que tuvo que ser para Hitler estar durante una semana entera en silencio. Tal vez fue un gran alivio momentáneo para sus subordinados, ¿no?.

Precisamente estos le rogaban por estas fechas que abandonara Berlín, ya que la situación era ya irremediable. Hitler lo tuvo claro, antes morir que abandonar Berlín. A sus 56 años parecía un anciano de 70. Sus ojos padecían constantemente, el Parkinson comenzaba a afectarle. Ya nada tenía que ver con aquel Hitler glorioso de una década atrás.

Si enero y febrero de 1945 fueron desalentadores para Hitler, marzo supondría su última aparición en público. Fue a finales de ese mes cuando, en el Jardín de la Cancillería, un grupo de jóvenes fueron inspeccionados por el mandamás. Allí pronunció su último discurso, y volvió de nuevo al búnker, para no volver a ver jamás la luz del día.

A pesar de ser un verdadero tirano, un déspota y un asesino implacable, en sus últimos días de vida Hitler nos legó un momento romántico: el 28 de abril, en una ceremonia de apenas diez minutos, se casó con Eva Braun. Esa misma noche dictó su testamento a su secretario, donde trazó las directrices que el gobierno debía seguir tras su muerte. Nombró como sucesor al almirante Karl Donitz.

Esa misma noche Hitler tuvo que oir el fuego que los rusos desplegaban ya sobre Berlín. El 29 de abril, con los soviéticos a menos de 300 metros del búnker, Hitler inició los preparativos de su muerte, rogando que su cuerpo fuera quemado para no ser entregado al Ejército Rojo como motivo de exposición. Ni tan siquiera al borde de su muerte dejó a un lado sus actos de crueldad: probó la eficacia del cianuro que había encargado para su suicidio con su querido perro alsaciano Blondi, quien cayó fulminado en el acto.

El único que se mantuvo fiel a su lado hasta el final fue Goebbels quien, incluso el 30 de abril aún le pedía encarecidamente a Hitler abandonar Berlín. Sin embargo, a las 16.00 horas de aquel día, y tras despedirse de todos, Hitler y su esposa se retiraron a su estudio. A los pocos minutos se oyó un disparo. Hitler tenía un disparo en la sién derecha, y su mujer yacía junto a él después de tomar el cianuro.

Ambos cuerpos, cubiertos con mantas, fueron llevados al Jardín de la Cancillería. Bajo el estruendo de la artillería del Ejército Rojo, fue quemado hasta el último centímetro de sangre de uno de los más crueles sanguinarios de la historia.

Foto Vía La Comunidad El País