El califato de los Omeya

Caifato de Cordoba

Los omeyas fueron uno de los clanes de la tribu de Quraysh, de quien también era miembro el propio Mahoma, y fue Umayya ibn Abd Shams (sobrino de Háshim, el bisabuelo de Mahoma) quien aportó el apellido familiar al clan. La llegada de los omeyas al poder comienza cuando el acaudalado comerciante Uthman ibn Affan, casado en dos ocasiones con sendas hijas de Mahoma, es designado como sucesor del califa Omar en el año 644.

Pero surgen problemas con la línea sucesoria y el Partido de Ali reivindica la legitimidad de Ali ibn Abi Tálib como califa, al ser su relación con el profeta mucho más estrecha, y finalmente Uthman es asesinado y Ali toma el poder en el 656. Esto desencadena un conflicto entre el recién ascendido Ali y Muawiya ibn Abi Sufyan, entonces gobernante de Siria y miembro de los omeya, quien acusa a Ali de asesinato. Sus ejércitos se verán enfrentados en la Batalla de Siffin, que fue el punto de partida de las tres principales divisiones de doctrina del Islam, donde Ali será derrotado y Muawiya tomará su puesto como califa de Damasco.

Califato de Damasco (660-750)

Muawiya toma la medida de suprimir el sistema de elección del califa, que entonces se llevaba a cabo por un consejo de hombres notables, y lo sustituye por el sistema de herencia, dando origen así a la dinastía omeya. Además, comienza una campaña expansionista que le llevará a tomar el Mágreb, Irán y conquistar la Península Ibérica, así como realizar incursiones hacia Afganistán y China. El gobierno de Muawiya no estará exento de luchas intestinas por el poder y la constante presencia de enemigos, en parte seguidores de Ali que consideran al nuevo califa como ilegítimo. Muawiya logra evitar una guerra civil mediante el soborno de Hasan, el primogénito de Ali que continuaba con la lucha de su padre tras el fallecimiento de éste en el año 661.

Con el fallecimiento de Muawiya, y pese a haber designado a su hijo Yazid como sucesor, vuelven a producirse problemas por el trono siendo el hijo pequeño de Ali, Husayn, el favorito de las multitudes. El combate entre los partidarios de ambos es inevitable y termina con la derrota aplastante de Husayn y sus tropas en la Batalla de Kerbala, en el año 680, cuando éste se dirigía a Kufa para encabezar una revuelta. Aunque obtienen la victoria, los omeyas comienzan a ganarse una reputación de despiadados e impíos, al haber asesinado a alguien tan respetado y querido como Husayn. Su forma de gobierno, más pendiente de la administración que de la fe, no hizo sino reforzar esta idea de un linaje casi herético pero tuvo como contrapunto una casi total ausencia de problemas entre las distintas etnias y religiones que poblaban el imperio.

En el año 740 el poder de los omeya se tambaleaba, en parte debido a las luchas internas y dentro de la misma familia y por otra las continuas incursiones y presiones de alíes y jariyíes. Fueron los alíes quienes lograron sublevar a parte de la población de Irán con objeto de devolver el califato a los hashimíes (partidarios de Mahoma y Ali), y a la cabeza de dicha revuelta se encontraba Abu l-Abbas, quien logró tomar Kufa en el 749. Marwan II, el entonces califa se vio obligado a escapar a Egipto mientras la mayoría de omeyas eran pasados a cuchillo. Para asegurar que se borraba completamente el recuerdo de los omeyas, incluso los fallecidos fueron sacados de sus tumbas y enterrados en fosas comunes.

Emirato de Córdoba (755-929)

Finalmente los omeyas son casi completamente borrados de la historia, pero uno de ellos llamado Abd al-Rahman consiguió esconderse en el Mágreb, marchándose después en dirección a la Península Ibérica y llegando a Almuñécar en el año 755. Tras aliarse con el “yund”, el ejército sirio de Al-Andalus, logra derrotar a los abbasíes en la batalla de Al-Musara y recibe el título de emir. Abd al-Rahman llevará su mandato más atento a las conspiraciones para derrocarle (por parte de yemeníes, bereberes y partidarios de los abbasíes) que a las cuestiones de estado, en una suerte de gobierno militar defensivo. Tanto es así que recluta mercenarios para formar una guardia personal.

Al-Andalus se convierte así en un emirato independiente del califa de Bagdad, algo que Abd al-Rahman no reconocerá de manera oficial más por temor que por respeto, y cuatro generaciones de descendientes continuarán llevando a este emirato también al camino de la independencia religiosa.

Califato de Córdoba (929-1031)

En el año 927 y tras haber ocupado Melilla, los omeyas gobernaban la región comprendida entre Argelia, Siyimasa y el Atlántico, y mantenía relaciones diplomáticas incluso con el Sacro Imperio Romano Germánico. La ruptura oficial con el califato de Bagdad llega de la mano de Abd al-Rahman III en el año 929, y así los omeyas logran consolidar su posición de poder independiente, asimilando los pequeños reinos cristianos del norte peninsular. Daba comienzo una época tan esplendorosa como fugaz, ya que su plenitud apenas duró hasta el año 1010, terminando con una guerra civil acaecida en el 1031 en la que se enfrentaron los partidarios del omeya Hisham II y del primer ministro Almanzor, y que tuvo como consecuencia principal la fragmentación del califato en diversos reinos de Taifas.

Los omeyas restantes terminarán por disolver su otrora sangre real con la de la población peninsular, siendo el último de sus representantes legítimos y notorios Fernando de Córdoba y Válor, quien cambiaría su nombre cristiano por Muhammad Ibn Umayya, y será conocido en las crónicas como Abén Humeya. Parte de la herencia de los omeyas es el color verde de la bandera de Andalucía, el mismo color verde que ostentaban los estandartes omeyas.

Publicado en: Edad Media Alta, Historia de España

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