Nacimiento y decadencia del Imperio Carolingio

Pipino el Breve

A principios del siglo VIII el Reino Franco de los Merovingios estaba tocando a su fin, sumido en la decadencia de un gobierno dirigido por los mayordomo de palacio y divido entre Austrasia, Borgoña y Neustria. Pipino de Austrasia, hijo de Carlos Martel, se coronó rey con el apoyo del pueblo y también de la Iglesia en la figura del Papa Zacarías, instaurando una nueva dinastía afín a los intereses de los católicos. Tanto es así que gracias a Pipino se crearon los Estados Pontificios en la península italiana. Una vez que fallece Pipino en el año 768, el reino queda dividido entre sus dos descendientes, Carlos y Carlomán.

Tan sólo tres años después muere Carlomán, quedando todo el reino en manos de Carlos (quien sería conocido como Carlomagno), quien se encargó de volver a unir el reino (Austrasia, Borgoña y Neutria) y anexionar también Aquitania y Provenza, además de emprender una importante campaña expansionista. Tras someter a los lombardos en el año 774 se autoproclamó como “Rey de los francos y los lombardos” y poco después sometió también a los ávaros, en el 796, y logró la conversión al catolicismo de los frisones y los sajones.

Durante el año 800 el Papa León III ofició la coronación de Carlomagno como emperador del Sacro Imperio Romano en reconocimiento a su labor de expansión del catolicismo. Su labor también incluyó la edificación de imponentes catedrales y monumentos religiosos, así como organizar la administración de los bienes y funciones de la Iglesia en función de los territorios. Al morir Carlomagno en el año 814 es su hijo Ludovico Pio quien le sucede en el trono como emperador, pese a que éste ya era monarca de Aquitania.

La gran pasión por la cultura y una fuerte convicción religiosa hicieron que el periodo de gobierno de Ludovico se caracterizase por una gran expansión cultural, así como un gran apoyo al catolicismo, llegando al punto de ceder el tesoro acumulado por su padre a la Iglesia. Con su muerte en el año 843 el Imperio Carolingio comenzaba a descomponerse ya que el territorio fue dividido nuevamente, esta vez entre sus tres hijos mayores: Lotario, Luis y Pipino. Su hermano menor, Carlos, fue apartado del reparto por voluntad de los hermanos mayores.

De esta forma Lotario I se quedó con la zona central, que sería conocida como Lotaringia, su hermano Luis el Germánico se quedó con las tierras orientales y Carlos el Calvo con las occidentales. La pronta muerte de Lotario dejó sus tierras en manos de sus tres hijos: Lotario II, Carlos I y Luis II, quedando en manos de Luis II en el 869 (por el fallecimiento prematuro de sus hermanos) acentuando aun más la división del Imperio. Carlos el Calvo trató infructuosamente de hacerse con la corona de Lotario II, pero tuvo que repartir las tierras con Luis el Germánico, una acuerdo sellado en el año 870 con el Tratado de Meersen.

Al gran problema de la división se unía una nueva amenaza, la de las cada vez más frecuentes incursiones vikingas que llegaban a las fronteras del Imperio. Por otra parte los gobernantes que sucedieron a los hijos de Carlomagno no fueron capaces de mantener la ya mermada unidad imperial, a pesar de lo cual la dinastía Carolingia logró conservar el poder hasta el siglo X.

Publicado en: Edad Media Alta

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