La Batalla de Pavía entre españoles y franceses

Batalla de Pavia

Durante la Batalla de Pavía, acaecida el 24 de Febrero del año 1525, se enfrentaron las tropas españolas bajo el mando del emperador Carlos V y los franceses comandados por Francisco I, cerca de la ciudad de Pavía (Italia). Esta contienda tuvo como resultado la derrota de las tropas francesas y la toma como prisionero del mismísimo Francisco I.

Los antecedentes a este conflicto debemos buscarlos en la invasión previa que había sufrido Navarra a manos de los franceses (en 1521), además de posicionar tropas en la península italiana para disolver a las fuerzas españolas allí destacadas, reforzadas por efectivos alemanes. Al poco los franceses pusieron la ciudad de Pavía bajo asedio, y ante la falta de medios económicos y de refuerzos por parte de los defensores la ciudad estuvo a punto de caer.

En un primer momento los refuerzos se dirigieron a Milán, con la esperanza de que los franceses movilizaran a parte de las fuerzas de asedio, pero al no dar resultado pusieron rumbo a Pavía y logrando retomar la ciudad de Santo Ángelo al paso. Al saber del avance de los refuerzos imperiales, los franceses trataron de cerrar el paso del Tesino para retrasar su llegada y poder conquistar Pavía a tiempo.

Las tropas imperiales llegaron el 7 de Febrero pero su primer acercamiento fue repelido con todo éxito por la artillería francesa, así que decidieron cambiar el enfrentamiento frontal por ataques nocturnos que tuvieron resultados más que favorables.

Tanto fue así que el ataque definitivo contra los franceses se llevó a cabo durante la madrugada del día 24, en el que los imperiales entraron con todo su ejército (2.000 soldados a caballo, 17 cañones y 20.000 soldados a pie, entre alemanes, italianos y españoles) en el Parque de Mirabello, donde pretendían romper las líneas francesas (3.200 a caballo, 30 cañones, 28.000 soldados a pie).

Pese a la manifiesta superioridad numérica los imperiales lograron batir a los franceses en parte gracias a la destreza de los arcabuceros españoles, que flanquearon a la caballería nobiliaria francesa y la batieron con sus certeros e incesantes disparos. Una vez caídos los nobles, los mercenarios emprendieron la retirada y con la voladura del polvorín de los franceses se puso punto y final al combate. Pese al desequilibrio de fuerzas, los franceses pagaron la derrota con más de 8.000 bajas, mientras que los imperiales contaron cerca de 700.

Una curiosidad sobre esta batalla es que el rey de Francia cayó como prisionero, siendo apresado por un infante guipuzcoano llamado Juan Villarta, quien asombrado por el lujo y oropel que presentaba la armadura del monarca, que había quedad atrapado bajo su caballo. Como era práctica habitual se dispuso a retenerle para así cobrar un jugoso rescate, pero quedó perplejo cuando el herido le dijo que era el rey de Francia y que sólo se rendiría ante Carlos V.

Por supuesto, esta situación fue celebrada con gran regocijo por las tropas imperiales, y Francisco I se vio obligado a entregar su espada y su guantelete como muestra de su rendición, quedando preso en Madrid durante casi un año. Tras su cautiverio se vio obligado a firmar el Tratado de Madrid, renunciando así a Milán, Nápoles, Artois, Flandes y Borgoña, pacto que sería incumplido poco después por el monarca.

Publicado en: Conflictos belicos, Edad Moderna, Historia de España

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