Ciro II, el rey que condenó a un río

Tumba de Ciro II

A lo largo de la historia han existido numerosos reyes y personalidades de gran poder que daban muestras de ciertas excentricidades. Lo cierto es que tales personajes, cuanto más poder tenían, mayores locuras presentaban en su comportamiento.

Ciro II el Grande fue un rey de Persia bastante importante. Reinó aproximadamente desde el año 559 a.C hasta 530 a.C, y se le considera el fundador del Imperio persa aqueménida. Sus grandes conquistas lo han ensalzado en la historia antigua, conquistas como Media, Lidia y Babilonia, entre otras; y es que gracias a Ciro, se creó el mayor imperio conocido hasta esos días, permaneciendo vivo durante más de 200 años hasta la llegada del grandísimo Alejandro Magno.

No parece raro pensar que una persona con tantos deseos expansionistas tuviera una personalidad impetuosa y volátil. Y aunque la templanza también debía aparecer en los momentos clave, Ciro II no olvidaba que era uno de los hombres con mayor poder del mundo conocido, y por tanto nada podía contrariarle.

Nos situamos aproximadamente en el año 540 a.C. Por aquellos días, el rey Ciro II el Grande estaba inmerso en su carrera de expansión por Europa y el cercano Oriente. En concreto, Ciro II y su ejército se disponían a atacar Babilonia, pero en su camino se topó con un río, el Gyndes. Este era un río lleno de remolinos y saltos, peligroso y sólo accesible mediante barcas.

Todo estaba preparado. El ejército de Ciro y el propio rey se disponían a cruzar mediante embarcaciones, pero antes de que pudieran hacerlo uno de los corceles preferidos de Ciro II se lanzó al río. El pobre animal fue arrastrado por la corriente y murió ahogado frente a su horrorizado dueño.

El rey pasó de la pena a la cólera. No daba crédito a sus ojos. Ese río tan molesto había entorpecido su paso y además había matado a uno de sus animales preferidos. Sin duda alguna merecía un castigo.

Hesíodo cuenta que en ese mismo momento, Ciro, muy irritado y ofendido, decidió castigar a la cruel masa de agua. Pretendía dejarlo tan desvalido e insignificante que hasta una mujer pudiera atravesarlo sin que el agua le llegase a las rodillas.

Dejó a un lado la campaña militar y puso a sus hombres a cavar. Dividió a todas sus tropas en grupos, las colocó en ambos márgenes del río y les ordenó cavar unas 180 acequias.

El trabajo fue tan duro que no terminaría hasta tres meses después, momento en el que esas 180 acequias convirtieron al río en 360 canales que dejaron casi seco al Gyndes. Para finalizar, el propio Ciro II atravesó el río demostrando que había vencido.

Evidentemente, ni la voluntad ni el empeño del rey más poderoso puede terminar con la fuerza de la naturaleza. Con el tiempo, el río volvería a su curso natural.

Foto vía:  historiadelascivilizaciones

Publicado en: Edad Antigua

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