La Gran Plaga de Londres

La Gran Plaga

En el año 1665 Londres sufrió una de las plagas más devastadoras de su historia, la Gran Plaga. Si bien es cierto que este brote no fue tan letal como el que ya había asolado a Europa en 1347 (Peste Negra), lo cierto es que ésta acabó con la vida de aproximadamente unas 100.000 personas en Inglaterra. Concretamente en Londres falleció la quinta parte de la población de la ciudad, datos que sin duda alguna justifican esta denominación de Gran Plaga.

A pesar de que históricamente dicha plaga se identificó con la peste bubónica, lo cierto es que tampoco existen pruebas lo suficientemente fiables para afirmar esto al cien por cien. Es más, muchos expertos aseguran que no se trataría de ésta, más bien de una fiebre hemorrágica viral. Sea como fuere, el brote puso en jaque a las autoridades del momento, que no sabían como controlar la oleada de muertos e infecciones.

En 1665 se empezaron a registrar los primeros casos de muerte a causa de esta plaga, la cual se piensa llegó a través de barcos mercantes venidos desde Holanda. Durante esos primeros meses las muertes fueron pocas, principalmente por las altas temperaturas que hacían mucho más fácil el tema de la contención del virus.

No obstante, el frío pasó, y con la llegada de la primavera y el verano explotó el caos sanitario. La poca higiene del momento fue sin duda alguna un factor determinante en esta epidemia, como en muchas otras de la época. El brote se extendió vorazmente desde las zonas costeras hasta el corazón de Londres. El mismísimo Carlos II de Inglaterra decidió apartarse del peligro con su familia y corte, no dudó ni un segundo en trasladarse a Oxford, lugar en el que aparentemente estarían a salvo.

No obstante muchos fueron los hombres que decidieron no abandonar a su suerte a las familias afectadas, como el alcalde de Londres así como algunos hombres de Dios. Personas que se quedaron con el único fin de intentar aplacar las consecuencias devastadoras de esta epidemia.

A pesar de que contaban con pocas armas, intentaron por todos los medios hacer labores de contención. Los fuegos se mantenían encendidos las 24 horas con el único fin de purificar el aire. Además los cadáveres de los infectados eran rápidamente organizados para evitar mayor contagio debido a la putrefacción de los mismos y la suciedad de las calles.

Muchos salieron de Londres, además del rey y su corte. Los que quedaron decidieron encerrarse de manera literal en sus casas, tapando rendijas y esperando a que este castigo divino terminara pasando sin afectarles.

Lo cierto es que a pesar de las medidas tomadas por las autoridades, el nivel de muertos iba aumentando de manera desorbitada. En pocos meses se pasaron de 1000 victimas por semana a unas 7000. Algo que estaba haciendo menguar de manera considerable la población de Londres. Ante estos datos, la desesperación de la gente se hacía mayor. Una desesperación que sólo podía ser calmada con rezos individuales y rezos comunes en los grandes templos de la ciudad para encomendarse a Dios.

Finalmente, a finales de febrero de 1666, los casos de enfermedad fueron disminuyendo. Evidentemente esto era debido principalmente a que la población era muchísimo menor.

La situación se definió como un poco más estable y segura para que el rey y su corte regresaran. No obstante, en septiembre de ese mismo año una nueva tragedia azotaría la ciudad de Londres, el Gran Incendio.

Tras este desgraciado acontecimiento, y siguiendo eso que dicen de que no hay mal que por bien no venga, se decidió crear una ciudad basándose en criterios diferentes a los anteriores, urbanísticamente hablando. Mejoras en el alcantarillado, calles más anchas así como la prohibición de los techos de paja ayudarían por un lado a prevenir incendios y también a evitar otra gran epidemia.

Foto vía: nataliavidente

Publicado en: Edad Moderna

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