Londres, tras el gran incendio

Gran incendio de Londres

Tras el terrible y ya célebre incendio que sufrió en el año 1666, la ciudad de Londres consiguió resurgir (nunca mejor dicho) de sus cenizas y convertirse en la ciudad más próspera y poblada de todo el Viejo Continente, convirtiéndose a lo largo del siglo XVIII ya en un pequeño adelanto de las metrópolis de nuestro tiempo, donde gentes de toda condición y clase social se mezclaban en sus calles.

Sin embargo, en ese terrible año las calles londinenses se vieron totalmente arrasadas por el fuego, que se propagaba como la pólvora entre las casas y los techos realizados con madera y paja. Todo fue pasto de las llamas, incluso la antigua catedral de San Pablo, de estilo gótico que sería más tarde reconstruida (en 1708) por Christopher Wren y que llegaría a ser el signo más emblemático del poder que llegaría a alcanzar la ciudad.

Porque la rápida actuación fue la clave: el por entonces monarca Carlos II y el resto de autoridades no dudaron en comenzar la reconstrucción lo antes posible y, relativamente pronto, la ciudad consiguió volver a bullir de frenética actividad como lo había hecho en sus mejores tiempos: las tabernas y cafés volvían a estar tan concurridos como siempre y los muelles del Támesis estaban repletos de trabajo. Esa imagen de poderío, reforzada por sus 600.000 habitantes, hizo que en ella se reflejara el poder que toda Inglaterra había conseguido.

A tales efectos, Londres no tardó en crecer tanto más allá de sus murallas medievales como siguiendo el curso del río Támesis en su camino hacia el oeste (el área en la que se encuentra el palacio de Westminster y el palacio de Whitehall, reemplazado posteriormente por el de Saint James). Es en esta época cuando se crearán los barrios de lo que hoy se conoce como West End, las calles comerciales como Oxford Street o parques públicos como el de Hyde Park; todo ello sin dejar de lado los contrastes que la habían caracterizado: además de todo este lujo y prosperidad, sus calles también estaban llenas de ladrones, pobres, prostitutas, curanderos… y las condiciones de salubridad, en algunas zonas, no eran, precisamente, las adecuadas.

Publicado en: Catástrofes, Edad Moderna

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