La expedición ateniense a Sicilia

trirreme ateniense

La ‘aventura’ ateniense en Sicilia del 415 a.C. fue considerada ya en la Antigüedad como un punto de inflexión en la Guerra del Peloponeso. Ahora bien, ¿qué se les había perdido a Atenas en la lejana Sicilia?

En realidad, no hacía sino responder a la llamada de socorro de dos ciudades amigas y aliadas, Egesta y Leontinos, ante el empuje de otra ciudad siciliana, Selinunte, protegida ésta por la potencia local: Siracusa.

Ya a finales de 416 Egesta se ve obligada a pedir ayuda a Atenas. Selinunte había despoblado Leontinos, y representaba una amenaza real y concreta. Sin embargo, según Tucídides, las razones de los egesteos poco importaban en realidad a los atenienses. Lo que les resultó interesante a los dirigentes del Ática era que por fin tenían la excusa perfecta para invadir Sicilia.

Atenas comenzó a pensarse ya más en serio la aventura cuando los embajadores enviados a finales del año 416 a.C. volvieron hablando maravillas de las riquezas de Sicilia, y en concreto de una de las ciudades aliadas, Egesta. Poco después, en marzo de 415 se reunió la Asamblea. Su decisión: enviar de 60 naves al mando de Alcibíades, Nicias y Lámaco.

Nicias: un maduro estadista de prestigio, contrario a la propia expedición. Alcibíades: todo lo contrario. Joven osado y “amoral” (¡y muy guapo!), será el principal defensor de aquella empresa. En medio, Lámaco, escogido como fulcro o punto de equilibrio entre los dos rivales, aunque también defensor de las tesis de Alcibíades.

La Asamblea se reunió por segunda vez. Nicias hizo entonces una descripción de la potencia militar siracusana. Su intención: tumbar la aventura. Paradójicamente, lo único que consiguió fue que la Asamblea se entusiasmara, otorgando a sus nearcas todo cuanto le pidiesen. Es así como una expedición modesta (60 naves) se convierte en una auténtica campaña de conquista, con gran cantidad de trirremes, hombres, armas y provisiones.

Pero poco antes de la partida, la aurora del 7 de junio, Atenas y alrededores amanecieron “mancillados”: las estatuas del dios Hermes tenían los rostros destrozados, los falos mutilados. Era un sacrilegio y constituía un mal presagio: al fin y al cabo, Hermes era la divinidad protectora de los viajes.

Hubo una investigación y una vaga acusación contra Alcibíades. En todo caso, la expedición acabó zarpando ese mismo mes de junio. Unos meses después, daba comienzo el sitio de Siracusa por parte ateniense.

Para entonces Alcibíades ya no formaba parte de la expedición. Al poco de llegar a Sicilia, un correo (barcos muy veloces) mandado desde Atenas lo reclamó para que se presentase a juicio (asunto de la profanación de las efigies de Hermes). De camino, sin embargo, Alcibíades había huido, pasándose al bando espartano.

El sitio de Siracusa duraría hasta septiembre de 413. Fue un sitio en el que por momentos apenas se podría decir quién era sitiador y quién sitiado. La huida final, cuando los atenienses ya habían comprendido su desesperada situación y, además, Esparta cercaba Atenas a miles de kilómetros de distancia, fue una auténtica calamidad.

La pérdida en hombres y barcos, en prestigio y dinero, fue impresionante. Por si fuera poco, el fantasma del enemigo persa reapareció. Y, sin embargo, Atenas todavía pudo resistir una década, llegando incluso a protagonizar heroicas victorias. La grandeza de una ciudad.

Publicado en: Edad Antigua, Historia de Grecia

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