Juliano: el canto de cisne del paganismo

Emperador Juliano

El siglo IV fue el de la consolidación del cristianismo como poder terrenal. Tras las últimas persecuciones alentadas por Diocleciano, el nombre clave en ese proceso es el de Constantino. Sin embargo, a finales del año 361 se produjo un hecho que pudo cambiar la historia: la entronización de Juliano como emperador.

Juliano es, visto en retrospectiva, un personaje fascinante. Por muchas razones. Aunque tal vez lo más sorprendente de su figura se revela en la firmeza con la que intentó cortar la expansión del cristianismo y restaurar la religión pagana. Sin embargo, su temprana muerte truncó la empresa, y la triunfante historiografía cristiana no dudó, con muy poca benevolencia, en bautizarlo como Juliano el “apóstata” y el “impío”.

Tras derrotar a su rival Magencio y adoptar el título de máximo augusto, Constantino proclamó el edicto de Milán (año 313). En realidad, la libertad de culto había quedado ya garantizada dos años antes con otro edicto firmado por Galerio.

Sin embargo, el de Constantino iba mucho más allá: restituía a la Iglesia los bienes confiscados, se concedía al clero la exención de ciertos impuestos y se le otorgaban privilegios judiciales, etc. En resumidas cuentas, Constantino fue el emperador que fraguó la ventajosa posición del cristianismo dentro del Imperio como religión sino oficial sí oficiosa, llegando a participar activamente en los asuntos de la Iglesia (concilio de Ancira, 314; concilio de Nicea, 325).

Juliano nació en el año 331. Era hijo de un hermanastro del propio Constantino. Su niñez fue apacible hasta el 337, año de la muerte de Constantino. Entonces se desató una de las típicas luchas por el poder del tardoimperio entre los tres hijos del emperador, que se repartieron el imperio, que afectó de lleno a la familia de Juliano, único superviviente (por su edad) junto a su hermanastro Galo.

Juliano siempre pensó que el responsable último de las muertes de su familiares era Costancio II, uno de los hijos de Constantino. En Anatolia, Juliano fue educado por un maestro que le inculcó el amor a los clásicos griegos, sobre todo Homero. Más tarde estudió con el orador Nicocles en Constantinopla, en Pérgamo con Hedosio y en ëfeso con el mago Máximo. Así se fue conformando un carácter que, a ojos de la época, debía aparecer como demasiado libresco, intelectual y hasta melancólico.

Y aunque oficialmente Juliano había recibido ya una educación, diríamos, guiada por los valores cristianos, lo cierto es que al final de su etapa de formación lo que enseñoreaba en su espíritu era su amor por el paganismo. Aunque, la vida le iba en ello, lo mantuvo en secreto.

Costancio, el emperador, desconfiaba de los hermanastros Galo y Juliano. Galo fue acusado de traición y ejecutado. Sin embargo, Costancio no podía defender el imperio solo. Así que en 355 nombró César a Juliano y lo envió a las Galias a luchar contra los germanos. Sorprendentemente Juliano cosechó importantes victorias y pacificó la provincia.

Receloso, Costancio quiso retirarle las tropas y mandarlo a oriente. Pero los propios legionarios de Juliano se opusieron, proclamándolo augusto. Costancio enfermó poco después (finales de 361), cuando se dirigía furioso a su encuentro, por lo que Juliano se convirtió en el único emperador. Ya podía dejar de esconder su fe.

Promulgó un decreto que instauraba realmente la libertad de culto, restauró los antiguos templos paganos, acabó con los privilegios de la Iglesia y prohibió las escuelas cristianas. Se trataba, sin duda, del canto de cisne del paganismo. En el verano del 363, en una campaña contra los partos en oriente, Juliano fue herido de muerte. No moría un hombre, sino toda una época.

Publicado en: Historia de Roma, Personajes históricos

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1 comentario

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  1. carlos dice:

    le falta informacion

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