Emperadores de Roma: Adriano

Castillo de Santangelo en Roma

Como es de sobra conocido, la Roma Clásica, cuya historia se desarrolló a lo largo de un milenio, fue primero monárquica, luego republicana y finalmente imperial.

(Por cierto: este esquema se ha utilizado después en múltiples ocasiones para explicar la deriva de otros pueblos y naciones. En nuestros días, por ejemplos, hay quienes dicen descubrirlo en el caso de unos Estados Unidos cuya primera fase monárquica se correspondería con el tiempo fundacional de las colonias americanas sujetas todavía al Rey inglés).

Volviendo a Roma, Augusto fue el emperador número 1, el primero de la lista, si bien a veces se nombra al propio Julio César como el número 0, una especie de protoemperador. Hoy, sin embargo, nos fijamos en uno de los pocos emperadores de ascendencia hispana y cuyo nombre aparece en una magnífica novela de la gran Marguerite Yourcenar: Adriano, emperador entre el 117 y el 138.

Sucedió a otro hispano: Trajano, del que era sobrino. Sin embargo, Adriano no lo tuvo fácil. Desde el primer momento hubo de sobreponerse a los recelos de ciertos elementos del Senado, hombres fuertes en las campañas militares de Trajano. Así, al poco de subir al trono un conato de crisis se resolvió con el asesinato de cuatro importantes senadores.

El Senado no se apaciguó y Adriano, que había recibido la noticia de la muerte de Trajano y de su nombramiento como sucesor en una campaña oriental, fuera de Roma, hubo de viajar a la capital para ganarse la confianza senatorial y exigir sus derechos.

No iba a permanecer mucho tiempo: unos tres años. A partir de entonces, el Graeculus, como se lo conocía un tanto despectivamente desde joven en virtud de su devoción por la cultura griega, se caracterizaría por ser un viajero infatigable, recorriendo las cuatro esquinas del Imperio que dirigía.

En el plano político y militar, mientras tanto, su mandato afianzó las fronteras de Roma, mostrándose incluso más propenso a una estrategia conservadora que, a la larga, sería provechosa para el Imperio. Así, reforzó el sur, en África, y levantó una muralla en Inglaterra para contener a los britanos, el muro de Adriano.

En política interna, abogó por profundizar el poder de la administración imperial, sus automatismos, respetando, en el plano cultural, los rasgos peculiares de los pueblos incorporados. En ese contexto destaca su respeto por el mundo griego, como hemos dicho. De hecho, Atenas lo reconoció con honores inusuales para un romano, por su fomento de las artes y renovar la ciudad.

En Italia el juicio de sus contemporáneos era más ambivalente, por no decir crítico. Ya en sus últimos años se renovaron las voces contrarias, que aumentaron tras su muerte. Los cronistas se refirieron a él con epítetos contradictorios: afable pero cruel, ya alegre ya violento, ahora orgulloso y pronto fingidor, en cualquier caso “siempre inconstante”.

Como fuera que fuese, hoy Adriano vive todavía en el castillo de Sant’Angelo, otrora su fabuloso Mausoleo, y en aquella novela histórica de Yourcenar donde se evoca, de modo tan exquisito y delicado, un mundo destinado a desparecer bajo las fauces del cristianismo más intemperado.

Foto vía: romaitalia

Publicado en: Edad Antigua, Historia de Roma

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