Los hunos y las primeras invasiones bárbaras

invasiones barbaras en Europa

Apasionante resulta la etapa histórica que denominamos con la perífrasis de “las invasiones bárbaras”. Aunque los bárbaros penetran el Imperio romano desde muy pronto, por invasiones bárbaras más bien se entiende el período que comienza a finales del siglo IV. Entonces aparecen, en la escena europea, unos nómadas terribles que van a provocar una reacción en cadena cuya consecuencia última no fue sino la posterior caída del Imperio: los hunos.

La relación entre romanos y bárbaros en la frontera norte de Roma, en el limes del Imperio, existió siempre. Si el cariño viene del roce, también el contacto con la cultura sedentaria que dominaba el mundo conocido tuvo que imponer un cambio de categorías entre los pueblos nómadas más próximos a las guarniciones del limes. Roma, por su parte, utilizó a los bárbaros para cubrir puestos del ejército y, poco a poco, fue dejando que, en un número limitado, se asentasen como colonos en las tierras de aquende la frontera.

A mediados y finales del siglo III el Imperio se resiente de sus problemas internos y hay una primera oleada, más que de invasiones, de excursiones guerreras y saqueos. Pero todavía Roma sería capaz de enderezar un poco el rumbo, de la mano de los últimos emperadores fuertes. Ya Aureliano (270-275) había demostrado capacidad de gobierno pero será a partir de Diocleciano (284) cuando Roma conozca media centuria de relativo orden.

Sin embargo, a finales del IV una nueva potencia provocó un seísmo en el que numerosas tribus se vieron implicadas. Los hunos irrumpieron en las llanuras de Centroeuropa como auténticos posesos. Los otros bárbaros, en el fondo, ya estaban muy romanizados, y deseaban integrarse en el seno del Imperio para disfrutar de un estilo de vida mucho más cómodo que el de sus antepasados.

Los hunos, en cambio, estaban asilvestrados. Seguían siendo nómadas en estado puro. No buscaban tierras donde dedicarse a la agricultura. Vivían del pillaje y del saqueo. Por eso mismo sus jinetes eran apreciados y temidos, y en un principio habían luchado con Roma contra los bárbaros rebeldes. Craso error, por cierto. Ya establecidos en la llanura magiar sólo faltaba que un caudillo (fue Rúas, el tío de Atila) unificase el mando para que aquellos insaciables luchadores dejasen de combatir como mercenarios por un Imperio decadente y lo hiciesen contra la misma Roma.

Los godos avanzaron hacia al sur, escapando de los hunos en el 376, y pidiendo tierras al Imperio donde establecerse. Pero no se contentaron con eso sino que, ya de paso, llegaron hasta el sur de Italia, saqueando Roma bajo el mando de Alarico (año 410), aunque la capital había sido llevada, unos años antes, a la ciudad de Rávena.

Poco después, a los godos siguieron el resto de pueblos bárbaros: suevos, alanos, vándalos, alamanes…ocuparon amplios territorios que iban desde el norte de la Galia hasta el sur de Hispania. Y, sin embargo, lo peor estaba por llegar. Repetimos, aquellos bárbaros estaban deseosos de integrarse en la civilización romana. Acaso no fueron sino ellos quenes permitieron al Imperio sobrevivir todavía casi un siglo más.

No así los hunos. Con el mando de Rúas se convirtieron en el gran enemigo de las dos secciones del debilitado Imperio romano (Imperio de Occidente e Imperio de Oriente). Ya en 378 los intentos de detener a los hunos acabaron en el fracaso de Adrianópolis y la muerte del emperador Valente. El poder de los hunos conocería su clímax cuando Atila se hizo con el mando, primero junto a su hermano Bleda, pero pronto en solitario. Nacía una leyenda y temblaban los cimientos a punto de colapso de la otrora invencible Roma.

Publicado en: Edad Antigua, Historia de Roma

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4 comentarios

Comments RSS

  1. laura dice:

    grasias por la terea

  2. catalina dice:

    gracias x la tarea q tanto la necesito

  3. maria jacinta eulades dice:

    no me sirve para nada.

  4. jorge dice:

    GRACIAS POR EL DIBUJO JAJA

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