La Inquisición: así actuaba

Auto de Fe en la Inquisicion

Creada en 1478, lo novedoso de la Inquisición española residía no tanto en la brutalidad de sus métodos, al fin y al cabo el suplicio y la tortura existirían en los tribunales europeos durante siglos, cuanto en su procedimiento. Un proceso judicial basado en el principio del secreto explica ese difuso temor que la sociedad sentía al escuchar el nombre del Santo Oficio

Fue en su primera época cuando la Inquisición se mostró más terrible. Aplicó la pena de muerte a 5000 personas en sus primeros 50 años de vida. Cada pueblo, villa o ciudad era visitado anualmente por un inquisidor que publicaba un Edicto de Fe. Así comenzaba un abrumador y nervioso juego de suspicacias.

Porque el Edicto de Fe imponía a todo cristiano la obligación de denunciar cualquier práctica herética conocida. Los fieles debían cooperar con el Santo Oficio y cualquiera podía convertirse en espía y delator, muchas veces movido simplemente por el rencor o la envidia personales. A partir de aquí, el procedimiento penal constaba de dos etapas.

En la fase inquisitiva, una vez puesto en conocimiento del Santo Oficio la delación, se ponía en marcha la maquinaria judicial. El acusado era investigado de manera secreta y, si se encontraban indicios de presunta herejía, se abría la segunda fase: detención, encarcelamiento en los calabozos secretos y presentación de cargos.

Después de varias audiencias en las que el sospechoso era interrogado se le acusaba formalmente. Al mismo tiempo se le adscribía un defensor de oficio, colaborador del propio tribunal. Ni que decir tiene que el acusado no podía esperar mucho de la defensa, que se limitaba a pedir la anulación del proceso por defecto de forma.

Aislado del mundo exterior, sin contacto con sus familiares, desconociendo los motivos de su encarcelamiento tanto como el delator, la indefensión del acusado era absoluta. Mientras el proceso seguía su secreto curso, la impotencia de los procesados los llevaba a estados de verdadero pánico. Algunos incluso optaban por el suicidio.

La confesión era el objetivo último de todo el procedimiento. En este punto aparecía la posibilidad el tormento: potro, garrocha y la tortura del agua. Sin embargo, a pesar de leyendas negras, parece ser que estos métodos se empleaban de manera bastante controlada. En cualquier caso, el pánico que provocaba en la imaginación de la sociedad era infinito.

Por fin, las penas eran de tres tipos. Las espirituales (abjuracion y penitencia), las económicas, muy habituales (multas y confiscación de bienes que podían llevar al reo a la ruina), y las corporales. Éstas iban desde los azotes hasta la muerte en la hoguera.

Aunque todavía falta un último y definitivo paso: la representación o escenografía de la condena. Toda herejía debía ser castigada pública y ejemplarmente. Como una anticipación del Juicio Final, el auto de fe ponía sobre la mesa todo el circo de la Iglesia no menos que el gusto macabro de las masas.

Si los griegos tenían la tragedia como forma de purgarse, que diría Aristóteles, subliminado afectos personales en la representación de unos caracteres ideales, los europeos recurrían a los autos de fe o a los suplicios, como bastarda manera de excitarse. Menuda economía de la psique tan poco ecológica. ¿Por qué nos gustará tanto lo obsceno?

Publicado en: Edad Moderna

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