Eichmann en Jerusalén

Eichmann en el juicio

Otto Adolf Eichmann pasaba por ser una de las figuras claves de la Alemania de Hitler en las responsabilidades por el Holocausto judío. Al acabar la guerra, 1945, pudo esconderse y camuflar su identidad, de modo que los soldados aliados fueron incapaces de reconocerlo. En verano de 1950, desde Italia, embarcó, como tantos otros ex-dirigentes del partido nazi, rumbo Argentina.

En Argentina vivió durante diez años, empleándose en ocupaciones de lo más variopintas. Finalmente, un 11 de mayo de 1960, un equipo especial del Mossad, los servicos secretos del estado de Israel, lo capturó en plena calle de Buenos Aires. Lo metieron en un avión y, clandestinamente, se lo llevaron a Israel.

Hasta aquí el relato parece digno del mejor James Bond. Meses después comienza un juicio calibrado de histórico, por lo excepcional de la situación y del personaje. Los jerarcas nazis supervivientes habían sido juzgados en Nuremberg por las potencias vencedoras en la guerra. Ahora era un tribunal judío quien se encargaría de procesar a uno de los mayores responsables de la muerte de millones de compatriotas hebreos.

Pero volvamos la vista de nuevo hacia los años de la Segunda Guerra Mundial. Al compás de las batallas ganadas por la Wehrmacht (el ejército) en la primera parte de la guerra, en las naciones sometidas o que se encontraban bajo su amparo los nazis organizaban rápidamente los ghettos para la población hebrea que era, a continuación, transportada en ferrocarril hacia los campos de concetración.

Se trataba de millones de personas, por lo que era menester un aparato logístico y de coordinación considerable. Precisamente Eichmann se encargaba de eso. De organizar las comunidades hebraicas de cada país, de maximizar el número de personas transportadas en cada convoy, de conseguir que con la mayor rapidez los campos de exterminio se llenasen de reclusos judíos.

Hasta aquí, someramente, los hechos. La interpretación la aporta la filósofa alemana, de origen judío, Hannah Arendt, discípula por cierto del mayor pensador de la época Martin Heidegger, figura controvertida en su relación con el nazismo. Hannah Arendt cubrió el juicio de Eichmann como corresponsal del New Yorker. Asistió a diario y durante semanas a la mayoría de las sesiones. De todo ello nacerá un incomodísimo libroEichmann en Jerusalén, cuyo subtitulo resume gráficamente el golpe mortal que nos proporciona su lectura: La banalidad del mal.

Hannah Arendt evita la tentación de caer en un maniqueísmo estéril. Su conclusión, sin embargo, nos causa mayor inquietud. Eichmann, el gran carnicero del nazismo, el gran diseñador del trágico destino de millones de personas, personas a las que ya sólo mentarles ese nombre durante los años de la guerra servía para provocarles un pánico absoluto, nos lo presenta Arendt como un funcionario gris y, lo que es más, como una persona absolutamente mediocre.

El Mal que encarna Eichmann no tiene la aureola mítica de Satanás, de un demonio ávido de sangre. Eichmann no demuestra un odio racial a los hebreos. Simplemente cumplía con su presunto deber de funcionario. El tribunal casi se cayó de la silla cuando Eichmann argumentó no vivir sino bajo preceptos de una ética kantiana.

La lectura del libro de Hannah Arendt es esclarecedora e inquietante. El número uno, o el dos (o el que fuese) de la llamada solución final (el asesinato de millones de judíos) era un funcionario alemán, eficiente, mediocre, vulgar y sin ideas propias. El Tribunal lo condenó a la horca. Pero los jueces y buena parte de la opinión pública siguieron durante mucho tiempo haciéndose la inevitable pregunta: ¿Cómo era posible que gente como Eichmann estuviesen a punto de colapsar, no sólo moralmente, el planeta entero?

Publicado en: Edad Contemporanea, Personajes históricos

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1 comentario

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  1. Marco Antonio dice:

    Murió un consumado asesino en serie de millones de judios, se hizo justicia.

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