La guerra civil romana y la formación del Imperio

Octavio Augusto

Apolonia era una pequeña colonia griega del Adriático. En ella se encontraba el joven Octavio (tenía 18 años) sobrino e hijo adoptivo de César, cuando los idus de marzo del año 44 a.C. El futuro Augusto, al conocer la noticia, cogió el toro por los cuernos y partió hacia Roma, haciéndose acompañar con algunos camaradas como Mecenas y Agripa. Pero en Roma los asesinos de su tío se habían disgregado, faltos de fuerza y unidad para restaurar la República. Un general de César, Marco Antonio, se había convertido mientras tanto en la figura central del momento.

Marco Antonio persigue a los asesinos y recoge la herencia de César. Aunque sorprende la audacia de Octavio a la hora de plantarse en la turbulenta Roma, cuando llega, lo único que consigue es la formación de un nuevo triunvirato en el 40 a.C: el Occidente para Octavio, el Oriente para Antonio y, un poco fuera de juego, África para Lépido, collega de César en el 46.

En el pacto se incluía el matrimonio de Marco Antonio con Octavia, hermana de Octavio. El equilibrio era sin embargo precario. Tras la inclusión de Sexto Pompeyo en el acuerdo (se le otorgan las grandes islas del Mediterráneo italiano y francés), Octavio se ve impelido a luchar con Sexto, al que intenta ayudar Lépido. Al cabo, en el 37 a.C. el triunvirato se convierte en diunvirato. Frente a frente, en tensa espera, sólo permancen Octavio y Marco Antonio.

A Antonio se le ha reprochado históricamente su conducta, poco inteligente. Cuando se renueva el pacto con Octavio, regresa a Alejandría. Allí se casa con Cleopatra, lo que significaba repudiar a Octavia. En este punto, como es sabido, la historia se convierte en historia de amor, por no decir melodrama. Antonio regala a su nueva esposa las provincias de Chipre, Siria, Cilicia y Cirenaica, dándole además el título de “reina de rey” y garantizando los derechos sucesorios de Cesarión, hijo de César y Cleopatra.

Todo esto llamaba sobremanera la atención en una Roma en la que Octavio intentaba restaurar los valores y tradiciones con los que se había forjado el carácter propio de la ciudad. En el 32 a.C, año en que terminaba la concesión de poderes a los diunviros, Octavio expulsa a los senadores próximos a Antonio y publica el testamento de éste. Antonio disponía que debía ser enterrado en Alejandría, junto a Cleopatra y según el rito egipcio. Roma se escandalizó, y la guerra era ya inevitable.

Lucharon pues, ejércitos de Oriente contra ejércitos de Occidente. Estos últimos, menores en número, eran homogéneos, representaban la fuerza unitaria de Roma, y bien equipados. Las legiones de Antonio, en cambio, heterogéneas, tal vez no sabían muy bien por qué guerreaban. En las aguas de Actium (31 a.C) venció Augusto, venció Roma, venció el Imperio.

Marco Antonio y Cleopatra se suicidaron en Alejandría. La figura del primero está inmersa en un largo debate. Hay quien lo ve a él, bajo la influencia de Cleopatra, como adelantado a su tiempo, por su creencia en un imperio bipolar. El tiempo acabaría curiosamente plegándose a sus deseos. Pero, en todo caso, era prematuro. Porque justo entonces Roma iniciaba una de sus páginas doradas: la Pax Augustiniana.

Publicado en: Edad Antigua, Historia de Roma

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