La muerte de los hermanos Kennedy

JFK

De la familia Kennedy se han dicho muchas cosas, entre otras que es lo más parecido que ha tenido Estados Unidos a un linaje real. Si nos fijamos en lo convulsa y agitada que ha sido la vida de algunos reyes, incluyendo magnicidios, en los últimos doscientos años, entonces sin duda que los Kennedy podrán presumir de una oscura naturaleza casi regia: ellos sí que saben lo que es sufrir las inclemencias de un trágico destino.

Los auténticos fundadores de esa leyenda negra son al mismo tiempo los dos grandes mártires de la saga, sus dos mayores iconos. Y así los incontenibles y revolucionarios sesenta son el marco en el que John Fitzgerald y su hermano pequeño Robert van a representar la doble y concatenada escena de un drama mayor.

El padre de los Kennedy, Joseph, poseedor de una inmensa fortuna, era embajador en Londres durante la Segunda Guerra Mundial, y su sueño era ver a su hijo mayor presidiendo los USA. Pero el primogénito murió en la conflagración bélica, de manera que la empresa recayó en John. Disponiendo de los recursos paternos y de su carisma personal, Kennedy se convertía en el primer católico en llegar a la Casa Blanca, ganando las elecciones de 1960 con una mínima diferencia de 100000 votos en un total de casi 70 millones de sufragios.

Pero un 22 de noviembre del año 63 el 35º presidente fue asesinado en Dallas, activándose desde el primer momento teorías conspirativas. Lo cierto es que el caso deja hilos sueltos o, cuando menos, no suficientemente aclarados, de manera que no es previsible que editoras y productoras de cine hayan cerrado la puerta a nuevas interpretaciones de los hechos. J.F.K. se convirtió en una leyenda, la memoria colectiva lo convirtió en un héroe por no decir un santo, y muchas crónicas ulteriores han acabado por olvidar que, al lado de las luces, la presidencia Kennedy dejaba sombras tan esperpénticas como lo ocurrido en Bahía Cochinos.

Robert heredó, lo quisiera o no, ese halo carismático al morir su hermano. Parte del fervor popular se centró en él, cuya sensibilidad hacia los más desfavorecidos (pobres, negros) era conocida. Robert era sin duda un brillante seductor, bien que algunos lo calificasen de ‘impertinente’, y pocos dudaban quién ganaría las elecciones de 1968.

Sin embargo, otra vez un destino fatal golpeó a los Kennedy. Robert Kennedy fue asesinado en un lateral del hotel donde celebraba su victoria en las primarias demócratas de California. Una parte de la nación lo lloró con emoción y tal vez con la rabia de considerar que la última esperanza se desvanecía bajo el telón de fondo, cada vez más sombrío y funesto, de la guerra de Vietnam. Pero ese es otro capítulo de otra historia: la de la infamia.

Publicado en: Edad Contemporanea

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