La Anábasis o Retirada de los Diez Mil

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Al acabar la Guerra del Peloponeso en el año 404 a.C., miles de griegos quedaron sin empleo. La llamada del persa Ciro el Joven apenas tres años después cuando buscaba un ejército de mercenarios con el que enfrentarse por el trono de Persia a su hermano Artajerjes fue un estímulo para estos griegos y una nueva oportunidad de conseguir nuevas riquezas que les habían sido prometidas por el joven príncipe sublevado.

En poco tiempo Ciro había conseguido reunir a más de diez mil hoplitas, así como a dos mil arqueros entre griegos y tracios: doce mil hombres que constituían uno de los más grandes y temible ejércitos mercenarios hasta entonces, conocidos como eran por su fiereza y ardor en la batalla.

Junto con las tropas sirias que se habían sublevado con él, y esos 12.000 griegos, Ciro remontó el Eufrates hasta adentrarse en Mesopotamia, en busca de las tropas de Artajerjes, a quien quería enfrentarse. Curiosamente, los griegos no sabían a quien se enfrentarían pues se les había dicho que iban a someter a algunas tribus del interior de la región. Sin embargo, eran grandes tesoros los que se le prometieron, y cuando averiguaron que frente a ellos estaría el ejército del Gran Rey, no se amilanaron.


En las llanuras de Cunaxa se enfrentaron más de 50.000 soldados de Artajerjes, contra unos 40.000 de Ciro. Pronto se repartieron por aquellas llanuras las diferentes tropas, correspondiéndoles a los griegos el ala izquierda, que dirigía Clearco. y así, una vez más, el famoso coraje y ardor de los griegos se impuso rápidamente. Sin embargo, en el centro de las filas, que encabezaba el propio Ciro, las cosas no les fueron igual.

El príncipe, al ver en el bando contrario a Artajerjes, se lanzó contra él. En plena batalla fratricida, una flecha acabó por atravesarle la cara. Ante la victoria, Artajerjes le cortó la cabeza a Ciro y la mostró a todos los soldados, entre los que cundió el desánimo. Poco después, los persas sublevados bajo el mando de Ciro se rindieron y sometieron al Gran Rey. En el ala izquierda, los griegos, alejados como estaban de los trágicos sucesos, siguieron luchando sin rendirse, hasta que al fin dieron cuenta de lo ocurrido. Ya no conseguirían tesoros, pero por encima de todo estaba su orgullo de griego. Jamás se rendirían a un persa.

Comenzó así un difícil regreso hacia sus tierras, siempre con los persas persiguiéndoles, y con las tribus indígenas atacándoles constantemente. Varias veces les ofrecieron treguas, e incluso, en una de ellas, sus principales jefes perdieron la vida, pero ellos no se rindieron. Tras la muerte de Clearco y algunos más, Jenofonte, el mismo que más tarde escribiera esta Anábasis, se convirtió en uno de sus principales líderes.

Los Diez Mil recorrieron el Tigris y entraron en las tierras de Armenia. La marcha fue peligrosa y costosa, con las tropas persas lideradas por Tisefarnes detrás, con las tribus locales que les atacaban y con las duras montañas de Armenia y los paisajes nevados por delante. Fueron cientos y cientos de kilómetros siemrpe buscando el mar que tan familiar les era.

La Anábasis de Jenofonte describió perfectamente la alegría del encuentro con el Mar Negro en la ciudad de Trapezunte, la actual Trabzon, en Turquía. Era la esperanza, la libertad, la promesa de la vuelta a su tierra que nunca debieron dejar para embarcarse en aquella aventura. De Trapezunte marcharon por mar a Sinope; de ahí a Heraclea y de ésta a Calcedonia, Lampsaco y finalmente, Pérgamo.

Sólo cinco mil hombres regresaron de aquel peregrinaje, pero lejos de rendirse o volver a sus casas, muchos de ellos, acabaron pro embarcarse en nuevas aventuras bélicas. Era el espíritu griego: la búsqueda de la gloria eterna.

Publicado en: Edad Antigua, Historia de Grecia

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